La revolución de internet nos lleva a un cambio de era

La revolución de internet nos lleva a un cambio de era

Los problemas no son muy diferentes de los que hubo siempre; la novedad es que ahora los conocemos en tiempo real y tenemos una impaciencia inédita para enfrentarlos.

Año 2015. Congreso de politólogos y lobistas en Miami. Las marchas masivas en San Pablo inquietaban a Dilma Rousseff. Nadie entendía del todo qué estaba pasando. Un panelista ignoto, al que le habían asignado unos pocos minutos para hablar, inició su intervención diciendo: “Les pido que recuerden tres números: 60, 30, 0. Sesenta es el porcentaje de latinoamericanos que se consideran a sí mismos de clase media: con derecho a salud, educación, seguridad, y bienes y servicios de calidad. Treinta es el porcentaje de personas que efectivamente pertenecen a la clase media. O sea, hay mucha gente frustrada porque no accede a lo que siente que tiene derecho. Y cero es, según el Banco Mundial, la expectativa de crecimiento promedio del PBI para la región el próximo año (2016)”. La bomba estaba activada.

Y remataba el panelista: “Ahora déjenme agregarles un número más: 13. Es la cantidad de países de América Latina en los que los presidentes están habilitados por la Constitución para ser reelegidos. ¿Qué creen que harán la mayoría de los presidentes para mantenerse en el poder con este nivel de frustración social y sin la perspectiva de que la economía mejore? Voy a decirles qué van a hacer: van a gastar más de lo que tienen para aplacar el mal humor popular. Así van a mejorar la situación en el corto plazo, a la vez que acercan de a poco los fósforos a la pólvora. Ojalá me equivoque”.

No se equivocó. Lo interrumpieron con preguntas sobre los porcentajes y alguna minucia de coyuntura, y nadie sabe qué habría dicho si le hubieran dado más tiempo. Cuando el moderador del panel le agradecía su intervención, y estaba a punto de invitar al público a despedirlo con un aplauso, agregó una frase: “Estamos hablando solamente de la punta del iceberg”. Y se esfumó.

La clave estaba en el resto del iceberg, que admite mil explicaciones. Algunos banqueros propusieron las cuatro C de la felicidad como matriz de análisis a sus clientes corporativos: China, commodities, capital y consumo. En la década de los 2000, China crecía por encima del 10% anual en promedio. Demandaba commodities (soja, trigo, maíz, cobre), que es lo que produce América Latina. Crecíamos. El capital que buscaba alta rentabilidad venía, y eso nos hacía crecer más. Así se generaba más empleo, y mejor remunerado, lo que alimentaba a su vez el consumo. Era Disney.

La desaceleración de China ahora crece cerca del 6% hizo caer la demanda, y los precios de las commodities bajaron. La soja vale la mitad de lo que valía en 2012 o antes, en 2003. Desde hace varios años la región crece poco. Y algunos países, como la Argentina, nada. Hay menos inversiones y, por eso mismo, menos trabajo. O trabajos no tan bien remunerados. Cae el consumo y el que se había acostumbrado a vivir mejor se frustra. Una masa inmensa de gente que había accedido a mejores bienes y servicios tenía la expectativa de mantenerlos. No fue posible. Muchos sienten que viven peor. Cuando tienen oportunidad, encuentran un culpable. Y lo castigan, en el mejor de los casos, con el voto. Si no, con marchas, con estallidos violentos. Como pueden. Se agrega entonces una quinta C: cólera.

La explicación de los banqueros describe el ciclo económico de América Latina, pero el cambio del clima social parece tener también razones del corazón que la razón no entiende. Hay mucho más que pura economía. Los cambios, además, son globales: hay protestas en Hong Kong, el Líbano, Irak, España, Bolivia, Chile. Y sigue la lista. Los planetas se están alineando como cuando la Edad Media daba paso a la Moderna: la caída del Imperio Romano de Oriente, el descubrimiento de América, el surgimiento de la burguesía, el Renacimiento, la Reforma Protestante, la crisis de la teoría geocéntrica. No es solo un puñado de países en crisis: es el mundo que cambia.

Los problemas no son muy distintos de los que hubo siempre. La novedad es que ahora los conocemos en tiempo real y tenemos una impaciencia inédita para enfrentarlos. La raíz parece ser sobre to- do una: internet. La irrupción de la web es el giro copernicano que nos está haciendo pasar de la Edad Contemporánea a la siguiente etapa, como sea que vaya a llamarse. No solo eleva exponencialmente la cantidad de información a la que estamos expuestos, sino que además -y esto es lo importante– modifica nuestra percepción de la realidad: el tiempo y el espacio ya no son lo que eran. Tampoco las relaciones con los demás. Por eso la geopolítica después de internet es distinta.

La conexión global en tiempo real modifica las conexiones neuronales. Un dispositivo móvil le permite a cualquiera trabajar, estudiar o entretenerse esté donde esté, siempre que haya conexión a internet. Ya no se espera a nadie en un café: mientras estemos conectados, no estamos esperando. Vivimos en presente lo que sea que tengamos en la pantalla. Eso tiene consecuencias para padres y maestros. También para el management de las empresas. Y para la política: el político clásico vende futuro, pero el futuro solo sirve al que sabe esperar. Por eso es tentador, pasada la campaña electoral, ofrecer solo presente (alivio inmediato) y si acaso algún relato sobre el pasado que mantenga la mística.

Internet no solo cambia la percepción del tiempo y el espacio, si no que también democratiza, borra las jerarquías. Wikipedia, que está escrita por miles de legos que se corrigen entre sí, tiene muchas más consultas que la Enciclopedia Británica, que está redactada por expertos académicos. El ser humano lleva incontables generaciones respetando y transmitiendo el principio de autoridad. El anciano de la tribu, el sacerdote, el sabio, el maestro, el rey, el caudillo, el jefe: siempre hubo alguien que sabía más, que veía más allá. Así se educaba a la generación siguiente, y a la siguiente. Ya no más. Al efecto democratizador de internet se le suma que buena parte de los padres y maestros de los millennials han sido educadores culposos. Por miedo al autoritarismo, han preferido que las normas sean flexibles, optativas, consensuadas con sus hijos o alumnos. El resultado: una generación completa se relaciona con la autoridad de manera distinta, relativiza su valor. Nadie lo sabe mejor que un docente.

El panelista de Miami lo confesó en un aparte: la base del iceberg son cambios en los circuitos neuronales. Una generación completa que vive casi solo el presente, que no espera. Que lo tiene todo a un clic, que se irrita si la red está lenta. Que tiene baja tolerancia a la frustración y que además creció sin el concepto jerár- quico de autoridad. Que relativiza verdades, vengan de quien vengan.

En Hong Kong, en el Líbano, en Santiago o en Buenos Aires el cambio es irreversible. Con mayor o menor lucidez, las empresas, las iglesias y las instituciones políticas y sociales intentan entender la cabeza y el corazón de esta nueva generación que nació distinta. De eso depende su supervivencia.

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