Antes de que sea demasiado tarde
Una encuesta del Pew Research Center muestra cómo cambió la percepción que tienen los norteamericanos sobre la libertad de expresión. Una realidad que tiene su correlato en otros países, entre ellos la Argentina.
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16-09-2026
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Antes, cuando todo estaba más claro, a los republicanos les importaba que los impuestos fueran bajos, que se pudiera comerciar sin restricciones con todo el mundo y que no hubiera límites a las libertades individuales. Los demócratas, en cambio, estaban dispuestos a pagar un poco más de impuestos si eso ayudaba a las clases trabajadoras, y podían resignar una parte de sus libertades si eso contribuía a favorecer a las minorías menos favorecidas. En cualquier caso, la libertad de prensa estaba fuera de discusión. Sin matices.
Cambia, todo cambia, diría Mecedes Sosa: hoy, según un estudio reciente del Pew Research Center, la mayoría de los estadounidenses sigue considerando que la libertad de prensa es importante, pero dejó de ser un principio intocable. Ahora, seis de cada diez estadounidenses dicen que el Gobierno debería poder exigir a un medio que retire una noticia si supone un riesgo para la seguridad nacional, y cinco de cada diez afirma lo mismo para historias que contienen información falsa. Adiós a la inviolabilidad de la Primera Enmienda.
Aunque el estudio muestra algunos matices entre demócratas y republicanos, a grandes rasgos pone de manifiesto algunas tendencias que incluso parecen trascender las fronteras de los Estados Unidos:
La libertad importa menos que otras cosas. Acostumbrados como estamos a gozar de ciertas libertades —parecen lejanos los tiempos en los que la autoridad definía lo que se podía publicar y lo que no—, una parte importante de la población está dispuesta a entregarle de nuevo al Gobierno la potestad de decidir lo que se publica en los medios. Enloquecimos.
La seguridad nacional por encima de todo. El miedo a un ataque terrorista o algo parecido parece ser nuestra nueva pasión dominante. El mítico caso de los “papeles del Pentágono” planteaba justo lo contrario, y por eso un periódico podía difundir legítimamente información confidencial: la libertad merecía ese tributo. Hoy buena parte de la gente le daría la razón a Nixon, no al Washington Post.
El Gobierno, árbitro de la verdad Según la mitad de los ciudadanos, la remoción de noticias con elementos falsos, a instancias de la autoridad, es una práctica legítima. Lea de nuevo la frase anterior, amigo lector, y pregúntese de nuevo: ¿le parece bien que el Gobierno —el de Trump, el de Milei o uno liderado por un clon de la Madre Teresa— determine si una información es verdadera o falsa?
Ahora que a muchos ciudadanos les parece bien que el poder político agarre del cuello a los medios, quizá llegó el tiempo de una autocrítica profunda, y de que el periodismo haga lo que sea necesario para recuperar el prestigio perdido. Antes de que sea demasiado tarde.
Ilustración: gentileza GM+AI
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Tres preguntas a Juan Gabriel Flores. Es un abogado y analista de asuntos públicos argentino. Es autor del libro “La Pirámide del Progreso” y ha escrito columnas en diversos medios y revistas especializadas, tanto nacionales como internacionales.
—¿Cómo funciona el periodismo como condicionante para interpretar la realidad?
—Los investigadores David Rozado y Eric Kaufmann analizaron más de 30 millones de artículos de 54 medios estadounidenses y británicos publicados entre 1970 y 2019. Encontraron que las referencias al extremismo político aumentaron, pero los términos asociados a la extrema derecha crecieron particularmente desde 2008 y aparecen en la mayoría de los medios con mucha mayor frecuencia que sus equivalentes de extrema izquierda. El hallazgo no demuestra que todo uso de “extrema derecha” sea incorrecto. Tampoco prueba que detrás de cada redacción exista una orden para favorecer al socialismo. La política produjo fenómenos reales que explican parte de esa cobertura. Pero sí permite formular una pregunta que el periodismo tradicional rara vez se hace sobre sí mismo: quién determina dónde termina una posición legítima y dónde comienza el extremismo.
—¿Cómo se va corriendo la interpretación de lo que está bien y lo que es extremo?
—Una investigación publicada este año en European Political Science ofrece otra pista. Georgios Samaras estudió 140 artículos de siete grandes medios angloparlantes y encontró problemas de clasificación, inflación de etiquetas y ambigüedad en el uso periodístico de hard-right. Su trabajo advierte que movimientos diferentes pueden terminar comprimidos bajo categorías imprecisas que pierden capacidad analítica. Este mecanismo resulta especialmente eficaz porque no necesita censura. El lector puede acceder a todos los hechos y, sin embargo, recibirlos dentro de un marco previamente construido. La selección del lenguaje establece qué ideas pertenecen al terreno de lo discutible y cuáles deben ingresar a la conversación acompañadas por una advertencia moral. La asimetría importa precisamente por eso. Cuando ciertas posiciones son descritas sistemáticamente mediante categorías extremas mientras otras reciben denominaciones más benignas, el centro político deja de ser solamente una realidad electoral. Se convierte también en una construcción lingüística. Lo que ayer era conservador puede amanecer radical sin haber cambiado una sola propuesta.
—¿Hay, entonces, una especie de conspiración coordinada entre periodistas?
—No. Para nada. Las redacciones comparten formación, fuentes, convenciones profesionales e incentivos. Además, el lenguaje alarmista captura la atención. Los relatos pueden emerger espontáneamente de un ecosistema ideológicamente homogéneo sin que nadie necesite redactar instrucciones desde una oficina central. Esto explica también por qué el periodismo pierde credibilidad cuando abandona la descripción y asume el papel de árbitro moral. Su función deja de ser proporcionar información para que el ciudadano forme un juicio y pasa gradualmente a proporcionar el juicio junto con la información. La discusión, entonces, no consiste en prohibir “extrema derecha” ni reemplazarla mecánicamente por “extrema izquierda”. Consiste en recuperar una disciplina mucho más exigente: definir, contextualizar y demostrar antes de etiquetar. Un periodismo seguro de sus argumentos debería necesitar menos adjetivos y más hechos.
Las tres preguntas a Juan Gabriel Flores se tomaron del artículo “Los medios tradicionales también gobiernan con palabras”. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.
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Activismo corporativo. Se consolida la tendencia: empresas globales de origen americano toman partido en causas que dividen a la sociedad. Este artículo abunda en ejemplos en los que, en los últimos años, las “Woke businesses”, progresistas, se enfrentan con compañías y fondos de inversión conservadores. Encuestas muestran que a muchos consumidores les importan las posiciones que adoptan públicamente las empresas cuyos productos y servicios utilizan. Casi 9 de cada 10 consumidores dicen que es "probable que dejen de hacer negocios con una empresa que adopta una posición política con la que no están de acuerdo". Un desafío para comunicadores que les hablan a públicos enfrentados, a veces con posiciones irreconciliables.
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Academia. El activismo corporativo no parece ser sólo una moda. Llegó para quedarse, aunque necesite de revisiones frecuentes para atenuar sus efectos distorsionantes. Este artículo publicado por la Universidad de Deusto revisa la historia y el concepto de activismo corporativo y, a la vez que reconoce su utilidad, pone de manifiesto algunas de sus desventajas: reacciones adversas de públicos que antes eran amigables con una marca y ahora se sienten atacados por su posición pública. Nada que pueda resolverse con una mirada superficial y una estrategia poco meditada. No es tiempo para frivolidades.
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Oportunidades laborales
Red Bull mantiene abierta su búsqueda de Media Network Manager.
Cocos inició la búsqueda de Head of Marketing.
¡Hasta el próximo miércoles!
Juan.
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