Coronados de gloria vivamos

Cada cuatro años, la Copa del Mundo nos invita de nuevo a ensayar relatos épicos que nos den sentido de pertenencia. Las marcas despliegan sus recursos creativos para subirse a esa ola de orgullo colectivo.

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17-06-2026

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La Argentina —ese país desclasado que se avergüenza de su pobreza porque alguna vez estuvo llamado a ser una potencia mundial—, cada cuatro años ensaya una narrativa épica que lo redime: cuidado con nosotros, que no nos damos por vencidos nunca, y somos capaces de superar todos los obstáculos a fuerza de talento y amor a la camiseta. Así es como Pasarella levantó la primera copa y el Diego la segunda y Leo la tercera. Y quién sabe si este año les cerramos la boca a los amargos y la levantamos de nuevo.

Las marcas se hacen un picnic con eso. Quilmes teoriza: aunque no hubiera razones, “hay corazones para creer”; Fernet Branca celebra lo intensos que somos; TyC Sports se despacha con un desafiante “ahora van a ver de qué estamos hechos”; YPF destaca la simbiosis entre los jugadores y la hinchada, que retroalimentan su energía; ESPN se divierte con la cábala del 3+1 y Mercado Libre juega con las palabras: “si hay entrega, lo mejor puede llegar”. Así, decenas de marcas invierten sus pesos con un objetivo único: ocupar un lugar de privilegio en el apasionado corazón de los argentinos.

Así como Milei declama que vino a despertar leones, las marcas usan sus spots para intentar tocar alguna fibra que nos conecte de nuevo con el orgullo nacional, por si eso nos empuja, al final, a consumir sus productos. Así es como lo intentan:

La construcción del héroe. Lo dice el ABC del storytelling: las marcas no deben ocupar el lugar del héroe; tienen que acompañarlo. El protagonista es la Selección o, mejor, cada argentino. Es el aguerrido Tata Brown que jugó con el hombro dislocado en el 86 o el Diego que ignoró el dolor e hizo magia con el tobillo infiltrado. O Messi, que siguió intentándolo una y otra vez a pesar de los pesares. Y es el argentino de a pie que, contra toda prudencia, vendió el auto para ir a alentar a la celeste y blanca: el que estuvo ahí en las buenas y en las malas. En todo héroe hay algo de desmesura. Y las marcas no hacen más que aplaudirlo. Bien por eso.

La resignificación del consumo. En tiempos veloces, todo a un click de distancia y con los algoritmos acercándonos lo que queremos antes de que nosotros mismos lo sepamos, el acceso a los productos y servicios puede volverse particularmente trivial. En este desierto existencial, los spots mundialistas ofrecen la ilusión de lo imperecedero, una conexión genuina con la belleza y —todavía más importante— con la propia tribu. Las marcas inteligentes entienden que al consumidor no le basta la transacción comercial: busca un alma, algo que le devuelva un sentido de pertenencia real. Otro acierto.

El dilema de la autenticidad. Los spots que tienen como protagonistas a los argentinos de a pie pueden permitirse el lujo de mostrarnos emocionales, incluso algo desbordados. Los que llevan a la pantalla a los héroes de la Selección, en cambio, caminan por la cornisa de la inautenticidad: hay algo inevitablemente artificial en los diálogos guionados a los que se someten Scaloni y sus chicos cuando destacan las virtudes de un producto. Justo ellos, a quienes valoramos por sencillos y auténticos. Algo riesgoso.

Aunque el Mundial es un buen pretexto para sentirnos especiales cada tanto, quizá le falte el ingrediente que toda épica necesita: al menos por ahora, le falta un enemigo con el que confrontar. Brasil no está en su mejor momento, no odiamos lo suficiente a Francia (y mucho menos a España), Países Bajos no nos provocó todavía, Inglaterra no se destaca. Quizá, por eso, pueda convertirse en un ensayo de otro tipo de epopeyas: una en la que luchemos contra nuestros propios fantasmas. Y les ganemos. Ojalá.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Roberto Starke. Es un politólogo argentino, consultor en comunicación política y empresarial. Experto en lobby y comunicación en escenarios de crisis, es junto con Miguel A. Martínez, uno de los fundadores de INFOMEDIA. Es, además, mi socio y amigo.

—¿Qué está pasando con la comunicación política en estos últimos años?
—La comunicación política atraviesa una metamorfosis profunda. No se trata solo de una revolución tecnológica ni de una aceleración en los canales de contacto entre gobernantes y gobernados. Durante años se creyó que las redes sociales abrirían una etapa de comunicación más directa, personalizada y horizontal entre líderes y ciudadanos. Que la comunicación ayudaría a la democratización de la sociedad, pero la realidad resultó diferente. El cambio no se propagó por el camino previsto, el de la tecnología, sino el más riesgoso: el de los contenidos. Lo que domina buena parte de la conversación pública ya no es la persuasión en clave de razones, ni siquiera de ideas, sino la confrontación de emociones. La polarización, el cinismo, el agravio permanente, la simplificación emocional y la deslegitimación del adversario se han convertido en recursos cada vez más rentables. En muchos debates universitarios sobre comunicación política, esta mutación suele leerse en términos de polarización afectiva: ya no se discute qué políticas defender, sino a quién odiar, despreciar o expulsar simbólicamente de nuestro pequeño cosmos democrático. Al mismo tiempo, el contexto que nos atraviesa muestra que este desplazamiento hacia lo emocional tiene implicaciones más profundas de lo que suele reconocerse.

—¿Cuál ha sido el rol de la democracia liberal desde su creación, hace más de dos siglos?
—La democracia moderna fue diseñada, en gran medida, como un sistema de frenos y contrapesos cuyo objetivo último era domesticar el poder. No se trataba de hacerlo eficiente, sino de hacerlo previsible, limitado y, sobre todo, difícil de concentrar. Procedimientos largos, negociaciones engorrosas, división de poderes, tiempos institucionales extendidos y decisiones postergadas no eran fallas del sistema, sino su principal virtud: la de hacer más costoso el abuso del poder. Ese diseño permitió consolidar en Occidente un esquema de libertades sin precedentes, en el que incluso los gobiernos más ambiciosos encontraban obstáculos para avanzar sobre las libertades básicas. Desde esta perspectiva podría decirse que la democracia cumplió su misión institucional. Sin embargo, ese mismo andamiaje genera hoy efectos colaterales cada vez más complejos y paradójicos: en un entorno dominado por la inmediatez emocional, la lentitud en los procedimientos comienza a percibirse como ineficaz; la democracia se volvió un sistema de promesas incumplidas. No hay espacio para la espera; lo que emerge es una demanda de ruptura y de transformación inmediata que, en muchos casos, resulta incompatible con la lógica misma del sistema. Y lo más llamativo es que esta tensión no ocurre en democracias frágiles, sino en aquellas que durante décadas fueron consideradas modelos de estabilidad y vida en común.

—La democracia promueve el consenso, a la vez que los algoritmos premian la confrontación en las redes. ¿Hay alguna solución a ese problema?
—La contradicción es evidente. Desde un punto de vista normativo, las democracias necesitan lenguajes capaces de sostener la convivencia, estimular el diálogo respetuoso y ampliar la participación ordenada. Esto caracterizaba a la democracia representativa del siglo pasado que hoy es casi una formalidad. Pero, desde un punto de vista pragmático, mirando de cerca los incentivos del ecosistema digital comprobamos que empujan en la dirección contraria: los algoritmos premian la intensidad, el conflicto y la reacción inmediata. En ese entorno, hablarle a una tribu movilizada suele ser más eficiente que intentar construir una nueva mayoría. La comunicación política sigue cumpliendo la misma función de siempre: transmitir valores, percepciones y sentidos de pertenencia. Lo que cambió fue el combustible. Durante buena parte del ciclo democrático de fines del siglo XX, la aspiración dominante era integrar, moderar y persuadir. Hoy, en cambio, el sistema recompensa a menudo a quien divide mejor, irrita más y logra convertir frustraciones dispersas en identidades compactas. Entender esa transformación ya no es solo una tarea para consultores o académicos: es una condición básica para pensar en los próximos pasos de la democracia contemporánea.

Las tres preguntas a Roberto Starke se tomaron del artículo “El combustible del agravio, la mutación de la política”, publicado originalmente en La Nación. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.

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Nuevos tiempos, una nueva filosofía. El discurso del Papa a las Cortes Españolas merece atención, sin importar el credo. Parte del reconocimiento de la realidad: vivimos una época de transformaciones, con tensiones geopolíticas y saltos tecnológicos que modifican la vida social y política. Y las ordena, comprende sus implicancias y juzga con lucidez lo que fortalece la condición humana y lo que la degrada. Este artículo analiza la alocución de León XIV y pone en valor su aporte en una época en la que, como cuando se ensanchó el mundo por el descubrimiento de América, hace falta un salto moral y filosófico que dé cuenta de los nuevos desafíos que enfrentamos.

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Academia. Liderazgo, personalidad, efectividad organizacional. Este artículo de Robert Hogan y Robert Kaiser hace una revisión exhaustiva de la revisa la literatura empírica sobre estos tres temas y señala algunas conclusiones. Primero, que el liderazgo es, quizá, el fenómeno de más trascendencia dentro de las ciencias humanas. Segundo, que su impacto en el desempeño de equipos, grupos y organizaciones es significativo. Y tercero, que la personalidad es un buen predictor del estilo de liderazgo: lideramos como somos. Entender esto es de enorme utilidad para seleccionar a quienes en el futuro liderarán las organizaciones. Obvio, pero claro y bien explicado.

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Oportunidades laborales

The Walt Disney Company inició la búsqueda para la posición de Director, Publicity (PR).


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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