¿El apocalipsis de la IA?

Las denuncias y renuncias de los ejecutivos de las grandes compañías tecnológicas han instalado la idea de que la humanidad está al borde de la extinción por culpa de la IA. Un tema que merece serenidad en el análisis, con la menor dosis posible de prejuicios.

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23-09-2026

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Acá va una simplificación brutal. La gente se divide en dos: los apocalípticos y los optimistas. Los primeros creen que los avances tecnológicos traen consigo enormes amenazas y que, si no nos defendemos con astucia y decisión, la humanidad pronto terminará esclavizada o directamente extinta. Así, sin vueltas. Los segundos, muchos más despreocupados, se entusiasman con las novedades de la tecnología, las adoptan sin mayores cuestionamientos, y piensan que ojalá la medicina pueda aprovecharse de tantos avances y que pronto se vuelva común que vivamos 120 años.

Toda grieta tiene su avenida del medio. Siempre surge un tercer grupo que se autopercibe como moderado, que es el de los que dicen que sí, que la tecnología está muy bien y nos está trayendo múltiples ventajas —quién en su sano juicio lo pondría en duda—, pero que cuidado, porque también nos estamos embruteciendo y ya ni pensamos ni nos relacionamos como antes, y quién sabe qué están haciendo las grandes empresas de tecnología con los datos que tienen de nosotros, que no hay que demonizarlas pero tampoco chuparse el dedo.

Elija el lector en qué tribu se siente más cómodo, y considere —si le parece que suma— la siguiente perspectiva sobre los debates sobre la IA, que recrudecieron en estos días. “Qui bene distinguit, bene intelligit”, dirían los latinos:

Cuestionamiento filosófico. Hay al menos dos preguntas no lo suficientemente debatidas: si los agentes pueden desarrollar capacidad reflexiva —o sea, entenderse a sí mismos pensando, tener conciencia de lo que hacen— y si pueden tomar decisiones autónomas, ser libres. Falta un Juan Ginés de Sepúlveda o un Bartolomé de las Casas de estos tiempos que se pregunte de qué hablamos cuando hablamos de IA.

Cuestionamiento psicológico. Es la pregunta por los efectos que tiene en la emocionalidad humana la interacción con la IA. Para algunos funciona como un placebo eficaz, con su rol de consejera incansable y amorosa —muchas veces condescendiente— sobre asuntos personales. Para otros, de tan correcta es frustrante. Y otros, atados al mástil como Ulises, prefieren no entrar en diálogo con esa sirena.

Cuestionamiento intelectual. ¿Se nos están atrofiando facultades mentales, de tanto delegar cálculos, recuerdos, relaciones y argumentación a un agente? ¿O, al contrario, estamos subidos en los hombros un gigante y nuestro cerebro está llegando a confines que antes ni podíamos imaginar? El mítico Warren Sánchez de Les Luthiers respondería con una frase contundente: “Yo qué sé”.

Cuestionamiento ético. La pregunta crucial sobre el bien y el mal. Los clásicos decían que un acto es moralmente bueno si lo son su objeto, su fin y sus circunstancias. Objeto es la cosa misma, en este caso la IA. Fin es su objetivo, en este caso optimizar nuestro conocimiento. Y las circunstancias el contexto, en este caso en pleno siglo XXI, y con los desafíos que enfrentamos). Y que basta que uno de los tres elementos sea poco recto para que el acto sea moralmente reprobable. Conclusión: la IA no es mala en sí misma. Depende para qué se use y en qué contexto. Lo obvio.

No hay respuestas perfectas a las grandes preguntas sobre la IA. Lo que puede haber son intentos de acercarse a ella con la mente clara y las emociones aquietadas. Como lo hicieron, quizá, nuestros ancestros cuando se enfrentaron a la imprenta, a la electricidad o a los primeros autos. O nosotros mismos, no hace tantos años, cuando apareció Internet. Suerte en el viaje.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Manuel Arias Maldonado. Es un politólogo y escritor español especializado en ciencia política, biopolítica y sistemas de gobierno. Es profesor titular en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración, en la Universidad de Málaga.

—¿Es todavía salvable la democracia liberal, que parece estar en riesgo en tantos lugares del mundo?
—Para saber si puede salvarse la democracia liberal necesitamos comprender cuál es la naturaleza de la crisis que hoy le aflige; de lo contrario, solo daríamos palos de ciego. Aunque también es posible que ni siquiera en ese caso —ni siquiera cuando sepamos dónde está el peligro— haya nada que podamos hacer. Por más que los historiadores insistan en subrayar el papel de la contingencia histórica, recordándonos que el futuro nunca está escrito, hay ocasiones en que nos enfrentamos a fuerzas sobre las que no tenemos manera de actuar eficazmente. Al pensador alemán Ernst Jünger le gustaba hablar de «los titanes venideros»: ¿habrán llegado ya? Es pronto para saberlo. Sin embargo, adviértase que esa hipotética intervención salvífica presupone un «nosotros» cuya identidad no está nada clara: ¿quién habría de salvar la democracia liberal? Porque la comunidad de los demócratas —formada por aquellos que ponen la buena salud de la democracia por delante de sus simpatías partidistas— no se caracteriza por su solidez. Y por aquí hemos de empezar.

—¿Quiénes son los demócratas a los que te referís?
—Irónicamente, se trata de un club al que la mayoría dice pertenecer: la democracia sigue siendo la forma de gobierno preferida en casi todas partes y casi nadie se define como partisano antes que como demócrata cuando le hacen una encuesta. ¡A todos nos gusta salir bien en la foto! Ocurre que esa adscripción de orden expresivo resulta compatible con el éxito en las urnas de líderes y partidos iliberales —ya sean populistas, extremistas o nacionalistas— en medio mundo. Conviene detenerse en esta aparente contradicción, ya que los peligros que amenazan la democracia liberal en nuestros días no tienen carácter exógeno (pese a que las turbulencias geopolíticas van en aumento) ni se visten con los ropajes de una alternativa dictatorial (como sucediera a comienzos del siglo pasado con el socialismo y el fascismo) a la que pudiera llegarse a través de una revolución o un golpe de Estado. Es verdad que episodios como el procés separatista, el asalto frustrado al Capitolio a cargo de un contingente de simpatizantes trumpistas o la movilización de los bolsonaristas en Brasilia tras la victoria de Lula da Silva nos recuerdan el riesgo de la insurrección popular; en todos estos casos, sin embargo, se hablaba el lenguaje de la democracia pese a que justamente se atentaba contra ella.

—¿En qué consiste la “hipocresía democrática” de la que habla Gabor Simonovits?
—Es un concepto interesante. Se refiere al ciudadano que manifiesta su preferencia abstracta por la democracia y procede sin embargo a apoyar en las urnas a formaciones o líderes que contribuyen a erosionarla. O sea: a los que socavan la separación de poderes, atacan a los jueces y a la prensa, colonizan la Administración pública, cercenan la independencia de los organismos contramayoritarios, ponen a su servicio los medios de comunicación públicos, deslegitiman al adversario, fomentan la polarización social o recurren sistemáticamente a la mentira política. A estas alturas, la enfermedad de la democracia liberal se encuentra más que diagnosticada; asunto distinto es que nos pongamos de acuerdo a la hora de determinar dónde y cómo se manifiesta y con qué intensidad lo hace en cada caso. Porque no debemos llegar a pensar que todas las democracias liberales se encuentran infectadas en la misma medida por el virus iliberal: los países escandinavos, Australia o Canadá —por limitarnos a unos pocos ejemplos— gozan de buena salud. Y viceversa: ninguna democracia disfrutará nunca de una indemnidad completa, ya que las tensiones que aquejan al gobierno representativo son comunes a todas ellas y no podemos esperar que jamás pase nada allí donde se compite por el poder y se manejan recursos públicos.

Las tres preguntas a Manuel Arias Maldonado se tomaron del artículo “¿Podemos salvar a la democracia liberal?”, publicado originalmente en Ethic.. Para acceder al texto completo podés hacer click acá.

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Bomba de humo. Como hay para todos los gustos, este artículo plantea que el debate sobre los posibles efectos devastadores de la IA en la humanidad no es más que una pantalla deliberadamente creada por las grandes empresas de tecnología para que nos distraigamos hablando de eso y no prestemos atención a lo que realmente importa: que mantener viva a la IA implica un gasto de energía monstruoso que está dañando el ambiente de una manera nunca antes vista, y que el planeta muere mientras nos distraemos conjeturando sobre nuestro futuro. Como está dicho: hay para todos los gustos.

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Academia. El éxito de una campaña de comunicación a través de los medios y las redes se mide de múltiples maneras. Uno de los criterios es la recordabilidad de lo que se comunica. Este artículo de James Galpin desarrolla cómo operan cinco variables para hacer más recordable una pieza de comunicación: 1) lo que se dice es importante para la audiencia; 2) lo que se dice es diferente de lo que habitualmente se ve o lee; 3) produce impacto emocional porque tiene factores capaces de generar empatía; 4) la información estuvo disponible y se encontró recientemente; y 5) la información se encuentra con frecuencia y eso genera un efecto de repetición. El ABC de la comunicación, pero a veces olvidado, sobre todo cuando hay presión para hacer visible una marca, no matter what.

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Oportunidades laborales

El Cronista abrió la búsqueda para la posición de Head of Social Media.

Cocos inició la búsqueda de Head of Marketing.


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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