El Luzugate

Florencia Peña anunció que el padre de Messi había muerto, haciéndose eco de una fake news que circulaba en X. El error le costó su contrato en Luzu TV, y se convirtió en el centro de un debate que actualiza, una vez más, la grieta en la que vivimos.

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24-06-2026

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Los hechos son conocidos. Flor Peña, conocida por su talento como actriz cómica —y, desde hace unos años, también por su filokirchnerismo—, tenía un programa de humor, música y liviandades en Luzu TV, el canal de streaming de Nicolás Occhiato. En los últimos días venía postulando que el malestar económico y social era la causa de una supuesta falta de clima mundialista, dedicó un elogio lleno de entusiasmo a Mbappé por ser “un tipo de izquierda” y remató difundiendo una fake news que daba por muerto a Jorge, el papá de Messi, sin la circunspección que semejante noticia hubiera merecido.

Unos minutos después, también sin mayor pesadumbre aparente, Flor se desdijo: “Che, fake (...), a veces te podés comer una curva”. Más tarde, cuando el tema (no la muerte de Jorge Messi, sino su difusión equivocada) ya circulaba por todos los medios, pidió sentidas disculpas con voz entrecortada y lágrimas en los ojos. Procuró dejar dos cosas claras: que ella era buena persona y que el error había sido de la producción. No funcionó: a Peña le levantaron el programa ipso facto y trascendió que varios anunciantes estaban poniendo en pausa a Luzu TV. El cuadro quedó completo con los miles de nuevos haters que se sumaron, en minutos, a las ya numerosas milicias de los anti-Flor.

El asunto, que ocupó el tiempo de buena parte de los argentinos en los últimos días, admite todavía un posible análisis por capas:

El factor Messi. Señoras y señores, no estamos hablando de un tema cualquiera, sobre el que se pueda opinar con liviandad. Y mucho menos durante el Mundial. El consenso argentino manda declamar que las Malvinas son argentinas, que el asado es la comida más rica del mundo y que Messi es el mejor futbolista de la historia, sin discusión. Quien no entiende eso, no sabe en qué país vive.

La grieta. El enfrentamiento ideológico afecta a personajes públicos variados. Pablo Echarri, Florencia Peña o Víctor Hugo Morales cosechan odios y amores por razones que trascienden sus profesiones. Igual que, en el otro bando, Guillermo Francella, Juan José Campanella o Marcos Galperin. Ninguno de ellos —son todos adultos— ignora las consecuencias que tiene bailotear en el ring con los guantes puestos: alguna piña te entra.

La casta. El colectivo periodístico está en crisis en el mundo entero: su mayor activo —la credibilidad— se deprecia cada día. En la Argentina, además, el propio Presidente y sus huestes no pierden oportunidad de recordar que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”. El error de Flor, de alguna manera, resulta reivindicatorio: distingue a los advenedizos de los profesionales de la información, a quienes se supone que estas cosas nunca les pasan porque tienen una ética y una estética que los rige. Elijamos creer.

La pauta. El debate no es sólo sobre la credibilidad de los periodistas de verdad y la de los meros comunicadores. Es también económico: la rentabilidad de los medios tradicionales se desploma al tiempo que los auspiciantes migran hacia otras plataformas. Eso explica que haya quien aproveche la gaffe de Peña para decirles a las marcas que abandonen a Luzu TV y los de su calaña y que vuelvan a anunciar, como antes, en sus propias grillas. Para muestras, el llamado de Eduardo Feinmann, que no destaca por sus sutilezas.

Quizá lo de Flor, aunque desafortunado, no era para tanto. Lo que pasa es que una sociedad crispada encuentra siempre razones para escalar un conflicto. Y esta vez le tocó a ella, que se olvidó de que caminaba por un campo minado, con algunas bombas que ella misma sembró.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Guido Imbens. Es un economista neerlandés-estadounidense. En 2021, recibió el Premio Nobel de Ciencias Económicas por sus contribuciones metodológicas al análisis causal. Profesor en Stanford, es una de las figuras más influyentes de la economía empírica contemporánea.

—¿Cree que gracias a la IA veremos una aceleración masiva del descubrimiento científico?
—Creo que sí, al menos en determinadas áreas. Ya lo hemos visto con AlphaFold y el plegamiento de proteínas. Muchos procesos de descubrimiento científico consisten en explorar espacios enormes de posibilidades de forma estructurada, y ahí la IA puede ser extraordinariamente poderosa. Algo parecido ocurrió en el ajedrez: no se trata solo de fuerza bruta, sino de recorrer de manera inteligente un número inmenso de opciones. En las ciencias sociales es distinto. Aquí formular la pregunta correcta suele ser más importante que responder una pregunta ya establecida. No veo tan claramente cómo la IA va a resolver problemas como la inflación. Puede ayudarnos a procesar grandes cantidades de datos y detectar tendencias con más rapidez, pero a menudo el verdadero cuello de botella es otro. Disponemos de enormes cantidades de datos privados que no pueden utilizarse por restricciones legales e institucionales. Si pudiéramos acceder a ellos, comprenderíamos mucho mejor la economía. Por eso me cuesta imaginar avances revolucionarios en ciencias sociales comparables a los que veremos en biomedicina. En medicina sí espero grandes progresos: tendremos enormes conjuntos de compuestos químicos y enfermedades, y una capacidad creciente para identificar combinaciones eficaces entre ambos. Ahí veremos avances muy importantes.

—¿Cuánto cambió su forma de enseñar? ¿Cómo está reaccionando Stanford?
—Todavía estamos intentando entender qué hacer. El gran desafío es que aprender requiere esfuerzo cognitivo intenso. Antes era relativamente sencillo obligar a los estudiantes a pensar. Les dabas un problema difícil y tenían que resolverlo por sí mismos. Recuerdo un estudiante que me escribió un correo a las tres de la mañana diciendo que uno de mis ejercicios no tenía solución. Tres horas después me envió otro mensaje: “Ignore el correo anterior. Ya encontré la solución”. Ese estudiante pasó horas golpeándose contra el problema hasta resolverlo. Estoy seguro de que nunca olvidó aquella experiencia. Ahora es diferente. Les das un problema y tienen al lado una máquina que les susurra constantemente: “Yo sé la respuesta. Te la puedo dar ahora mismo”. El reto consiste en encontrar mecanismos que sigan incentivando el esfuerzo intelectual. Creo que tendremos que movernos hacia formas de enseñanza mucho más basadas en la discusión, donde los estudiantes tengan que explicar y defender lo que han aprendido. Si tienen que discutirlo públicamente en clase, resulta más difícil fingir que han hecho el trabajo. Las pequeñas clases tipo liberal arts podrían adaptarse mejor a este nuevo entorno que las clases masivas que tenemos ahora. Confiar en códigos de honor ya no funciona. Hay un uso generalizado de estas herramientas y no parece razonable pedir a los estudiantes que resistan una tentación que está literalmente sentada a su lado ofreciéndoles la respuesta

—Con las tensiones actuales entre el Gobierno estadounidense y las universidades de élite, ¿cree que Europa tiene una oportunidad para atraer talento?
—Creo que el equilibrio está empezando a cambiar. Cada vez más personas consideran seriamente la posibilidad de desarrollar su carrera en Europa. Los estudiantes de doctorado ya no están tan convencidos de que Estados Unidos sea automáticamente la mejor opción. Muchos jóvenes investigadores están examinando oportunidades europeas con mucha más atención. Y creo que esta tendencia continuará mientras se mantengan las políticas actuales. Pero incluso más allá de eso, pienso que Estados Unidos se ha causado un daño considerable a sí mismo. La historia demuestra que las políticas públicas pueden afectar profundamente a los sistemas universitarios. Basta mirar Alemania en los años treinta. Las universidades alemanas eran extraordinarias en los años veinte. Las decisiones políticas posteriores alteraron ese ecosistema de forma permanente. Eso debería servirnos de advertencia.

Las tres preguntas a Guido Imbens se tomaron de la que se publicó originalmente en Ethic. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.

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Esperanza. La esperanza no es solo optimismo, sino una fuerza motivacional orientada a objetivos, aun cuando hay incertidumbre. Este artículo se enfoca en el modo en que los líderes a veces no logran inspirar esperanza de manera efectiva porque no reconocen que varía según el nivel de aspiración expresada y la credibilidad que la respalda. Las formas más productivas, que alinean la aspiración con la credibilidad, son la esperanza estabilizadora, que prioriza el realismo y el progreso gradual durante períodos de disrupción, y la esperanza movilizadora, que combina una visión convincente con caminos concretos y acciones consistentes durante momentos de transformación. En lugar de recurrir a un solo estilo, los líderes necesitan adaptar la esperanza al contexto, estableciendo aspiraciones que sean ambiciosas sin alejarse de lo posible y dejando claro cómo el esfuerzo se conecta con los resultados.

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Academia. La IA está revolucionando la economía de la publicidad: cambió la forma en que los consumidores descubren productos, toman decisiones y hacen compras, desplazando el valor hacia plataformas integradas y sistemas de recomendación automatizados. Este artículo analiza en detalle este fenómeno, destacando la redistribución del gasto publicitario en la cadena de valor y la desintermediación por parte de las agencias. ¿Recomendaciones? Convertir las capacidades en productos, invertir en infraestructura neutral y definir modelos de monetización claros.

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Oportunidades laborales

The Walt Disney Company mantiene abierta su búsqueda de Director, Publicity (PR).


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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