El misterio de la confianza

Desde hace décadas observamos que los índices de confianza en los políticos, las marcas y las organizaciones va en franco declive. Quizá sea momento de enfocarnos en cómo reconstruirla.

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22-04-2026

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Después de la segunda prórroga, dejamos de creer que el encierro que nos imponía Alberto Fernández durante la pandemia de covid fuera a durar sólo 15 días más. Igual que hoy nos cuesta creer que vayan a respetarse los altos al fuego en la guerra en la que participan Irán, Israel y los Estados Unidos. No es que hayamos nacido escépticos: es que la experiencia va dejando su huella en nosotros. Cuando la palabra y los hechos no coinciden, empezamos a pensar que estamos frente a Pedro y el lobo.

Los políticos, los periodistas, los influencers, las marcas y las organizaciones valen lo que vale la confianza que inspiran. Si la gente les cree, valen mucho. Si no, no valen nada. Desde hace tiempo —sobre todo desde que Edelman publica los resultados de su Trust Barometer— miramos con resignación cómo cae la confianza en las instituciones. Y a nadie le sorprende: todos recordamos alguna inconsistencia que alimentó nuestro escepticismo. El resultado es un tejido social más débil, con menos cohesión. Más vulnerable a la confrontación y el fanatismo.

Se volvieron frecuentes los diagnósticos sobre la falta de confianza. De lo que se habla menos es de qué factores podrían ayudar a reconstruirla. Acá, un primer acercamiento:

Full disclosure. Aunque no siempre se puede decir todo, porque el contexto no lo permite, cabe intentar un mayor grado de transparencia sobre qué intereses me mueven, cuáles son mis intenciones, quiénes son mis aliados y cuáles son mis objetivos. Martín Fierro se quejaba de lo contrario: “…pero hacen como los teros: / para esconder sus niditos / en un lao pegan los gritos / y en otro tienen los güevos”.

No mentir. El octavo mandamiento del Decálogo, aceptado por todas las culturas: no digas a sabiendas algo que no es verdad. Quien lo infringe, rompe puentes. No solo porque induce al error, sino porque la intencionalidad de engañar daña —a veces de por vida— la confianza de quien lee o escucha lo que decimos. Si las razones éticas para ser veraces no bastaran, las prácticas son contundentes: quien engaña, se aísla. Y así muere un poco.

Proveer datos. En la construcción de la confianza, no basta que lo que decimos sea verdad: tiene que parecerlo. Las historias parecen ciertas cuando están bien contadas, y crece su credibilidad cuando están sustentadas por hechos que sirven de prueba. Los datos —cantidades, porcentajes, estadísticas— no son otra cosa que hechos cuantificados e interpretados. Suman.

Agregar respaldo testimonial. Si lo que decimos cuenta además con el testimonio de terceros que lo avalan, mejor. Ya no soy yo solo el que lo dice: otros me respaldan. Y si además gozan de prestigio, su credibilidad de algún modo se nos transfiere. Es la lógica del comercial testimonial de toda la vida, o de la contratación de influencers de los últimos años. Solo un warning: no poner todos los huevos en esa canasta. Un tropiezo reputacional del personaje puede arrastrarnos.

Rectificar. Quien reconoce un yerro, confirma lo que todos sabemos: que nadie es perfecto. Y a la gente le gusta confirmar lo que ya sabe. Decir “me equivoqué” se traduce también como: “quisiera que mi yerro no dañe nuestra confianza; estoy dispuesto a rectificar”. E instala en la audiencia la suposición de que si un error vuelve a suceder, va a ser reconocido y el puente de la confianza no se va a romper. Eso reduce la incertidumbre y, por contraposición, incrementa la confianza. Lo obvio.

Está claro: no existe la fórmula perfecta de la confianza. Lo que hay son cientos de generaciones de ancestros nuestros que aprendieron a confiar o a desconfiar de sus vecinos, según tocara. Quizá los individuos y las organizaciones solo tengamos que conectar con eso. Y actuar en consecuencia.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Alejandro Villamor. Es un filósofo español, ya citado en otro número de Comms, profesor en el IES de Sar, en Santiago de Compostela. Ha publicado artículos académicos en diversas revistas españolas e internacionales. Entre sus principales temas de interés, se encuentran la metafilosofía, la filosofía de la mente y la llamada ética animal.

—Hablamos de Platón con naturalidad, pero la gente común no tiene claro por qué es tan importante…
—Platón es uno de los pilares intelectuales de Occidente: dejó una herencia que sigue marcando el compás del pensamiento contemporáneo. Mayormente escritas con la forma de diálogos por la influencia de Sócrates, sus obras no dejan escapar ninguna problemática filosófica. Algunas de ellas sobresalen por su influencia, belleza y profundidad, y se convirtieron en referencias ineludibles para entender la filosofía antigua y sus repercusiones. Aunque es difícil conocer con certeza su orden cronológico, estudiosos como Francis Cornford o W. K. C. Guthrie han asentado una división por etapas vitales sobre la que hay bastante consenso: etapa de juventud o socrática, marcada por la influencia de su maestro Sócrates; etapa de transición, en la que se otea una mayor independencia intelectual; etapa de madurez, donde diseña su sistema; y etapa de vejez, cuando el autor revisa sus teorías.

—¿Cuáles son sus obras más importantes y qué aportes hicieron al pensamiento universal?
—Empezaría por la Apología de Sócrates, uno de los textos más tempranos y directos. Allí el joven Platón narra el juicio y la defensa de su maestro ante los tribunales de Atenas. Sócrates enfrenta acusaciones muy graves: corromper a la juventud y ser impío. Frente a las tergiversaciones, responde con un razonamiento firme que muestra su compromiso con la verdad con mayúscula (no sofista) y con la ética. Este título ofrece un retrato inicial de la figura de Sócrates y una reflexión sobre la libertad de pensamiento, la responsabilidad moral y el valor de la filosofía frente a la presión social. Otra obra, el Gorgias, se puede considerar un diálogo de transición. En él se expone un debate con varios sofistas acerca de la retórica y el poder. Platón plantea ahí una pregunta medular: ¿es mejor sufrir una injusticia o cometerla? A través de cuestiones como esta va tomando cuerpo su preocupación por el gobierno, la moral y la educación de los ciudadanos. Así, se prepara el terreno para los diálogos políticos más desarrollados.

—¿Y sobre la etapa post-socrática?
—Tras la muerte de Sócrates, Platón escribe el Fedón, un hermoso diálogo en el que se aborda la inmortalidad y la preparación para la muerte. A través de la conversación entre el maestro y sus discípulos, Platón sugiere que la vida filosófica consiste en separar el alma de lo material para así aproximarse al conocimiento verdadero, el cual se refugia en una dimensión eterna y abstracta. Otra maravilla es El Banquete, Platón explora el amor y su vínculo con la belleza y la perfección. Tras una cena, varios invitados ofrecen sendas disertaciones sobre el amor. Y no se puede dejar de mencionar La República, probablemente su obra más destacada. Versa sobre la justicia y cómo organizar una sociedad justa. Mediante la construcción de una ciudad ideal, Platón formula plenamente su teoría de las esencias y el concepto del filósofo-rey, ese gobernante que, ungido por la sabiduría y la virtud, puede guiar a la sociedad hacia el bien común. La obra aborda temas como la educación, la ética y la política de manera integrada, y ha inspirado a generaciones de pensadores en distintas disciplinas.

Las tres preguntas a Alejandro Villamor se tomaron del artículo “Las obras clave de Platón”, originalmente publicado en Ethic. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.

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El votante de centro-derecha. Esta editorial resume, como pocos textos, lo que piensan muchos ciudadanos argentinos moderados, ideológicamente opuestos al peronismo, que se sentían identificados con el PRO y que ahora apoyan a Milei, aunque no haya sido su opción inicial: quieren mantener a toda costa el rumbo básico de la economía (superávit fiscal, apertura económica, reducción de impuestos), y prefieren evitar las críticas en público al León, si eso pone en riesgo mínimamente “el programa”. Una clave interesante para entender hasta dónde parece llegar, al menos por ahora, la fortaleza política de este gobierno.

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Academia. El cerebro todo el tiempo usa atajos. Tiene que tomar decisiones todo el tiempo —muchas veces con información incompleta o bajo presión— y por eso usa heurísticas: formas de razonamiento rápido y práctico que le ayudan a resolver problemas sin que tenga que analizar toda la información disponible. Según el psicólogo Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía en 2002, creemos que tomamos decisiones porque tenemos buenas razones para hacerlo, pero es al revés: creemos en nuestras razones porque ya hemos tomado la decisión. El pensamiento heurístico es de gran utilidad, pero también nos lleva a errores sistemáticos de juicio. Eso son los sesgos cognitivos, explicados en este artículo.

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Oportunidades laborales

Dept inició su búsqueda de Director, Delivery (Creative & Media).

Assurant mantiene abierta su búsqueda para la posición de People Organization Manager.


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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