El que no salta es un inglés

Scaloni insiste en que se trata sólo de un partido de fútbol, quizá para quitarles presión a los jugadores. O quizá también porque, para los más jóvenes, enfrentarse a los ingleses no tiene el mismo significado que tenía para las generaciones anteriores.

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15-07-2026

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Messi es el más veterano de los jugadores de la Selección: nació en 1987, quince años después de que los ingleses arriarán la celeste y blanca de aquel mástil en Puerto Argentino. Ni él, ni mucho menos sus compañeros más jóvenes, conocieron las bravuconadas de Galtieri, los “vamos ganando” de los comunicados oficiales, ni la humillación de la rendición final en junio de 1982. Aunque coreen “a los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”, para darse ánimos futboleros, para ellos esa guerra es un relato brumoso que se pierde en la noche de los tiempos. Mal que nos pese.

Hay quien dice que, para toda una generación, aquel gol con la mano del Diego fue —aunque módica— una forma de venganza. Y que el segundo, el del barrilete cósmico, fue la confirmación de que Dios quería compensarnos de algún modo por la injusticia de la derrota en Malvinas. Quién sabe. Lo que es seguro, es que Julián Álvarez, Enzo Fernández o Giuliano Simeone no sienten nada parecido. Cuando empezaron a caminar, ya existía internet, las Torres Gemelas habían caído, y los argentinos estábamos sumergidos en otro trauma: el del corralito. De las Malvinas ya ni se hablaba.

La semifinal contra Inglaterra, esta vez, nos encuentra en otra etapa. Quizá el partido funcione como pretexto útil para repensar estos tiempos:

Los ingleses ya no son lo que eran. Van quedando lejos en el tiempo las heridas del pasado: hay que rondar los sesenta años para que “Sheffield”, “ARA General Belgrano” o “Alexander Haig” signifiquen algo para nosotros. Milei —impune— dijo, en plena campaña, que admiraba a Margaret Thatcher, y ganó con el 56% de los votos: a los jóvenes, la Dama de Hierro no les dice nada.

El arte derriba barreras. Es difícil odiar a los ingleses y al mismo tiempo escuchar con devoción a Los Beatles o a los Rolling Stones. Hay que esmerarse para sentir antipatía por el país en el que nacieron Amy Winehouse, Phil Collins, Dua Lupa o Adele. Muy a nuestro pesar, Downton Abbey, The Crown y Peacky Blinders nos colonizaron. Soft power.

La tecnología nos acerca. Hace 50 años, era casi imposible para un extranjero sentir afecto por un jugador del Manchester United o del Chelsea: los diarios locales no hablaban de ellos y la revista El Gráfico los ignoraba. Hoy conocemos al detalle sus vidas y la de sus familias: por mucho que nos preocupe el instinto goleador de Harry Kane —que será muy inglés, pero juega en el Bayern Munich—, no logramos odiarlo.

Lady Di, Tom Holland, Kate Middleton, Mr. Bean, Benedict Cumberbatch, Anthony Hopkins… La lista es interminable. Al tiempo que decenas de nombres se volvieron familiares para nosotros, la rivalidad con Inglaterra fue perdiendo intensidad. Hoy, a los que tienen 40 años o menos, les da lo mismo contra quién juguemos la semifinal… siempre que ganemos. Malditos piratas, nos están ganando la batalla cultural.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Francisco de Santibañes. Es un politólogo argentino, experto en relaciones internacionales. Es Presidente del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y autor de varios libros de su especialidad.

—¿Qué ves en el Mundial de Fútbol en un momento de tantos conflictos internacionales?
—Lo primero, una gran fiesta global. En un momento de tanta crisis internacional y tantos conflictos, valorar eso. No soy sociólogo, pero algo muy interesante es cómo ayuda e incentiva a la unidad nacional, a tener un espíritu identitario en la Argentina (y esto pasa en todos los países). En el pasado eso sucedía a través da guerra, los conflictos, y hoy es a través del fútbol, o sea que es algo muy positivo. Y pensando sobre el tema, yo diría que es un gran activo de la política exterior argentina. En el ámbito global somos protagonistas, y puedo dar tres ejemplos: cuando uno ve los estadios con tanta gente con la camiseta de Argentina, muchísimos no son argentinos: son asiáticos, vienen de India, de los Estados Unidos. Hace poco estuve en los Estados Unidos, y vi publicidad en la televisión abierta en la que está Messi con la camiseta argentina, y uno ve las imágenes que llegan de Bangladesh, de India o de Indonesia con hinchas que se juntan. Eso es un activo de política exterior que creo que hay que valorar y cuidar.

—Eso es una forma de poder…
—Los que estudiamos política internacional diferenciamos a veces el poder duro del poder blando. El poder duro es la capacidad que tiene un estado de imponer su posición, sus deseos, a través de su fuerza militar o económica, y el poder blando es la habilidad para generar atractivo, como sucede en el caso de los Estados Unidos con Hollywood o con su Constitución. En el caso argentino, tenemos un gran atractivo que nos abre puertas —y esto lo hablo con embajadores de nuestro país en el extranjero que me lo dicen constantemente—, que es nuestro fútbol, que es talento argentino, que es mérito principalmente de los jugadores y del técnico, pero no hay que perder de vista que es un activo que puede ayudar en lo económico y en lo político y que hay que preservar.

—¿Cómo interpretas a Trump diciéndole a Infantino que quiere que vuelva el goleador de su selección, es poder duro o blando?
—Eso es poder más duro que blando, y tiene un costo. También confirma que el presidente de la FIFA es un político que se adapta a las realidades. Muchas de esas decisiones tienen más tarde un costo, que es la pérdida de legitimidad del deporte. Hay que tener mucho cuidado con eso porque, como decía, el Mundial juega un rol importante en generar diálogo entre los países, en incentivar sanamente la unidad y la identidad nacional de todos ellos, sin entrar en conflictos. Por otra parte, estaba viendo los números, la Copa del Mundo, va a producir nueve mil millones de dólares de ingresos a la FIFA. Es un crecimiento muy grande porque hoy, a diferencia con lo que sucedía en el pasado, el precio de las entradas lo pone el mercado, y también se pasó de 32 a 46 equipos. El de la FIFA se volvió muy relevante.

Las tres preguntas a Francisco de Santibañes se tomaron de la entrevista que le hizo Carlos Pagni en su programa Odisea, en LN+. Para ver la conversación completa, podés hacer click acá.

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Ser recordables. Capturar la atención de las audiencias, lograr interesarlas, hacer que lo que decimos quede en la memoria. No hay una fórmula mágica para lograrlo, pero sí experiencias que se van mostrando exitosas. Este artículo de Angela Dwyer destaca tres factores que hacen que una marca se impregne más fácilmente en la memoria de los públicos: 1) menciones destacadas (la marca en el título o el primer párrafo, y su repetición); 2) imágenes con la marca incluida: está probado que su recordabilidad es 200% mayor para los recursos visuales que para las palabras; 3) contenido útil (consejos, tips, instructivos): es una manera de responder a la pregunta ¿qué hay para mí de todo esto? Todo suma.

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Academia. El éxito de una campaña de comunicación a través de los medios y las redes se mide de múltiples maneras. Uno de los criterios es la recordabilidad de lo que se comunica. Este artículo de James Galpin desarrolla cómo operan cinco variables para hacer más recordable una pieza de comunicación: 1) lo que se dice es importante para la audiencia; 2) lo que se dice es diferente de lo que habitualmente se ve o lee; 3) produce impacto emocional porque tiene factores capaces de generar empatía; 4) la información estuvo disponible y se encontró recientemente; y 5) la información se encuentra con frecuencia y eso genera un efecto de repetición. El ABC de la comunicación, pero a veces olvidado, sobre todo cuando hay presión para hacer visible una marca, no matter what.

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Oportunidades laborales

Edelman mantiene abierta su búsqueda para la posición de Senior Public Affairs Director.


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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