Elogio de la confrontación

El estilo combativo de algunos políticos hiere la sensibilidad de muchos ciudadanos que añoran las formas de los líderes más moderados y serenos de otros tiempos. Aunque la agresión nunca es deseable, quizá haya que aprender a gestionar algún grado de crispación sin lamentarlo tanto.

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3-06-2026

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Antes se decía, citando a Aristóteles, que la política tenía dos fases: la agonal y la arquitectónica. La agonal era la etapa de lucha, de contienda: la competencia para alcanzar el poder. La arquitectónica era la etapa de construcción: una vez que se hacía con el poder, el gobernante negociaba y acordaba con otros políticos —incluso a veces opositores— para transformar la realidad. Bueno, ya no es así: desde hace un tiempo, los que ganan las elecciones siguen en una faz agonal perpetua. Lo mismo que sus opositores. Y, si acaso, detienen las hostilidades por excepción y por corto tiempo, sólo cuando lo necesitan.

Si los políticos siguen peleándose contra sus enemigos aun cuando y están en el poder, no es por capricho. Es porque les funciona. A pesar de su mala fama, el conflicto ofrece prestaciones nada despreciables: bien manejado, genera visibilidad —conjura la irrelevancia—, permite definir la agenda pública y fideliza a los seguidores más intensos. En general, nos sentimos inclinados a votar por los candidatos que se enojan por las mismas cosas que nos indignan a nosotros y apoyamos a los que se enfrentan con vehemencia con los que consideramos equivocados, corruptos o idiotas.

Ya que el modo confrontativo parece haber llegado para quedarse por un largo tiempo en tantos lugares, quizá tenga sentido pensar en pautas que lo hagan compatible con el espíritu republicano:

Sin golpes bajos. Todo tiene un límite, también en la lucha política: no hablar despectivamente de las creencias religiosas del adversario; no hacer comentarios machistas o xenófobos; no meterse con la familia; no proferir insultos alusivos a enfermedades o condiciones físicas o mentales. En fin, códigos.

No mentir. Dentro de la verdad (casi) todo; fuera de la verdad, nada. Se puede jugar fuerte destacando los puntos débiles del adversario. Incluso cabe exagerarlos un poco, si la ocasión lo exige. Lo que no se puede es atribuir falsamente hechos o dichos al contrincante: de la injuria o la calumnia es difícil volver.

Rectificar. Nadie es perfecto y, en el fragor de la lucha dialéctica, alguna vez puede escaparse una palabra de más. Quien pide disculpas o, simplemente, reconoce un error, no se debilita: se humaniza. Muestra respeto, humildad y capacidad de autocrítica. Todas condiciones que querríamos para un líder. Y que al final de cuentas, hasta podrían atraer votos.

Trump, Milei, Meloni, Bukele… La lista es amplia, y crece cada día. Políticos de verba inflamada que ganaron elecciones sintonizando con la indignación o el hartazgo de la gente, y mantienen viva su popularidad alimentando cada día esa llama. Están en su derecho: Maquiavelo decía que la primera obligación de un político es hacerse con el poder. Y la segunda, mantenerse en él. Eso es lo que intentan. Y tan mal no les va.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Carmen Gómez Cotta. Es una periodista española, basada en Toronto. Ha publicado numerosos artículos sobre temas relacionados con política internacional y sustentabilidad en medios de España, Canadá y el Reino Unido.

—¿Cómo surgió la arquitectura institucional que se mantuvo vigente en las democracias occidentales hasta hace poco?
—En junio de 1944, las tropas aliadas desembarcaron en Normandía para comenzar la liberación de Europa de los nazis. La Operación Overlord, una ofensiva militar sin precedentes, allanó el camino hasta el Día de la Victoria, en mayo de 1945, cuando la Alemania de Hitler cayó. Pocas veces el mundo ha estado tan cerca de ser tan distinto. Con el objetivo de evitar guerras de semejante calibre, además de promover la cooperación política y garantizar la estabilidad económica, las potencias vencedoras diseñaron un orden internacional basado en dos pilares fundamentales: uno financiero, con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio y otro político, con las Naciones Unidas. Así nació una nueva arquitectura que pareció funcionar durante 70 años, hasta que emergieron India, China y Rusia, que reclaman ahora su lugar. Dentro de ese paulatino desplazamiento de las fichas tradicionales en el tablero internacional, tres hechos han afianzado la percepción de que el orden al que estamos acostumbrados está cambiando: la China de Xi Jinping, la Rusia de Vladímir Putin y los Estados Unidos de Donald Trump.

—¿Cómo describís, en pocas palabras, a la China de Xi Jinping?
—Durante los primeros años de Xi Jinping, China no mostraba de manera explícita su voluntad de influencia. Eran un país en vías de desarrollo que necesitaba a los demás y creían en los principios de cooperación internacional, en el libre comercio, atrajeron inversión, se hicieron con el know-how occidental. Pero Estados Unidos se dio cuenta de que esa ascensión trae consigo una amenaza a la seguridad, no solo económica, sino también al dominio de los mares. Así, de forma aparentemente sutil, Xi Jinping hizo un cambio importante: trasladar ese poder económico al poder político. Un ejemplo de la influencia política de China en el tablero es su creciente presencia en otras zonas del mundo, como África o América Latina. América Latina es un punto crucial, porque es Occidente y tiene unas conexiones muy particulares con Europa. En las últimas décadas, dejó de ser el patio trasero de Estados Unidos para convertirse en el gran recurso de inversión y extracción de materias primas para China, algo que inquieta a los occidentales.

—¿Cuál es el rol que está cumpliendo Rusia en este contexto?
—El papel de socio alternativo lo aplica China a distintos actores, en función de sus intereses en la zona. Con Rusia también estrechó lazos. Una semana antes de la invasión a Ucrania, Putin y Xi Jinping se reunieron en Sochi e hicieron la declaración conjunta de una amistad sin límites y de un nuevo orden internacional. La reunión selló una relación que incluye una cooperación en materia económica, energética, militar y, sobre todo, de oposición al gran enemigo: Estados Unidos. La invasión de Ucrania es el otro gran elemento que ha supuesto un aldabonazo sobre el tablero internacional. Esto, porque Rusia es miembro permanente con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La cuestión empezó en 2004, con la anexión de Crimea, y adquirió dimensiones globales en 2022, cuando comenzó la guerra y Putin logró que China —otro miembro permanente del Consejo— la apoyase. La seguridad de Europa se vio entonces seriamente comprometida. Asegurar las fronteras europeas es uno de los motivos por los que la Unión Europea sigue necesitando el paraguas de defensa estadounidense. Bajo la Administración de Joe Biden, esta ayuda estuvo garantizada; ahora, con Trump en la Casa Blanca, corre peligro.

Las tres preguntas a Carmen Gómez Cotta se tomaron del artículo “Manual para entender una geopolítica enloquecida” publicado originalmente en Ethic. Para acceder a su versión completa podés hacer click acá.

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Compasión. Nadie duda de que la necesitamos para la vida en sociedad. Este artículo, con cierta profundidad teórica, propone una definición de compasión y enuncia cinco elementos principales: reconocer el sufrimiento, comprender la universalidad del sufrimiento humano, sentir por la persona que sufre, tolerar sentimientos incómodos y sentir motivación para actuar/actuar para aliviar el sufrimiento. Un aporte desde la academia para analizar este fenómeno tan viejo como la humanidad, que todavía no ha sido analizado en su fase comunicacional.

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Academia. La investigación sobre comunicación de crisis se ha centrado tradicionalmente en la reputación de las organizaciones y en estrategias para neutralizar las acusaciones. Como consecuencia de eso, hay conocimiento limitado sobre comunicación de crisis de un organismo público con un enfoque anticipatorio. Este artículo propone una mirada prospectiva del manejo de crisis en el gobierno con un enfoque basado en objetivos de comunicación y distingue dos dimensiones básicas de crisis: reputacional/resiliencia y estratégica/operativa. Buenos insumos para cualquier organismo el gobierno. En la Argentina y en cualquier lugar del mundo.

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Oportunidades laborales

Dept inició su búsqueda para la posición de Manager, Paid Social.


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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