Fin

Manuel Adorni dejó su cargo de Jefe de Gabinete después de más de tres meses de desgaste. Un caso de mala praxis que podría haberse evitado si se hubieran aplicado algunos criterios básicos de profesionalismo en materia política y comunicacional.

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01-07-2026

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El sueldo bruto del Jefe de Gabinete ronda los ocho millones de pesos. Seis millones, pongamos, de neto. Casi todo el mundo sabe que, de alguna manera, que mejor no averiguar, a eso hay que sumarle un plus indeterminado que vuelve atractivo el paquete. El pacto tácito es que no se note. Que a los ministros, mientras estén en funciones, no se les dé por hacer gastos muy visibles que disparen sospechas: viajes en aviones privados, compras de casas y departamentos, refacciones importantes… Todo lo que hizo Adorni sin ponerse colorado.

Además, estuvo el factor de la comunicación. Primero, la arrogancia del ahora ex Jefe de Gabinete con los periodistas, que sembró generosos rencores. Después, un discurso de “somos distintos” que dejó la vara moral por las nubes, sin margen para las incoherencias. Más tarde, la inclusión de su mujer en el avión presidencial en un viaje oficial a New York, y la excusa exculpatoria —“vengo a deslomarme”— del funcionario. Y el vuelo privado a Punta del Este y el departamento de Caballito con sus reformas y la casa de Indio Cua con su pileta y los dólares heredados de su papá y la fortuna en criptomonedas olvidada en un pendrive. Demasiado.

¿Qué se podría haber hecho de otra manera, con menos daño para el Gobierno? Casi todo. Vamos por partes:

Humildad. Para crispados, ya está el Presidente. Adorni no necesitaba de la arrogancia para cumplir con eficacia su función de vocero o de Jefe de Gabinete: no hay manual en este mundo que aconseje a un funcionario público cultivar la antipatía de los periodistas (y de buena parte de la sociedad) durante tantos meses, hasta el punto de hacerlos casi disfrutar de su caída. De sentido común.

Reglas. Ya que hay funcionarios que no se dan cuenta solos, a pesar de tener el secundario completo, quizá hubiera servido un vademécum detallado con lo que no se puede hacer bajo ninguna circunstancia mientras estén en el cargo: ni aviones privados ni vacaciones de lujo ni casas nuevas ni reformas costosas ni otras obviedades. Y mucho menos justificar la evasión de impuestos, “como todos los argentinos”. No era tan difícil.

Reacción. "Errare humanum est”, dice el viejo adagio latino. Por eso, un recaudo profesional básico: contar con un equipo de manejo de crisis que, cuando alguien mete la pata, evite que el barro llegue al cuello por pura torpeza. Un escándalo provocado por un funcionario de alto rango es un problema para todo el Gobierno: no debió quedar en manos inexpertas, y mucho menos, en las del mismo ministro que lo provocó. Elemental.

Reincidencia. La frase completa reza: “Errare humanum est, sed perseverare diabolicum”. Errar es humano, pero mantenerse en el error, diabólico. Adorni se equivocó varias veces a lo largo de cien días, pero Milei persistió en el error al mantenerlo en el cargo con el argumento de que en realidad se trataba de una conspiración de periodistas ensobrados. La gravedad del caso merecía razones más sólidas.

Extensión. El axioma es de hierro: el daño que provoca una crisis es directamente proporcional a su duración. O sea, cuanto más larga, peor. Lo que podría haber sido un tropezón de una semana, se convirtió en un calvario de más de tres meses. Una prueba más de que las internas tienen costos: si la guerra entre Karina y Santiago no fuera tan cruenta, quizá la Hermanísima no se hubiera empeñado tanto en sostener a Adorni. Y hoy estaríamos hablando de otra cosa.

Al final, fue torpeza, ineptitud. Aunque el caso admite también otra lectura. Si se mira bien, en estos tres meses se cumplió plenamente el “principio de revelación” al que tantas veces acudió el Presidente: todo lo que hicieron mal él, Karina y Manuel, es porque no son políticos profesionales, como los demás. Si lo hubieran manejado mejor, probarían que son parte de la casta. Y no: tanta impericia sólo se explica porque son amateurs. Notable.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Diego Garrocho. Es un filósofo español, con fuerte presencia mediática en su país. Analiza la actualidad política desde las páginas del diario El País y la Cadena Cope. Su último ensayo es “Moderaditos”, una defensa de la mesura aristotélica como acto de valentía y resistencia frente a la polarización.

—Decís que estamos ante el fin de una era y que la democracia liberal no sabe cómo defenderse del tsunami populista. ¿Por dónde empezarías el reseteo de nuestras democracias?
—Urge que la democracia liberal haga una autocrítica y reconozca los elementos en los que ha fallado. En las democracias de nuestro entorno, los jóvenes tienen un grado de descontento evidente que es legítimo, real y bien fundado: no sólo no han cumplido sus promesas, sino que no han sido pródigas reformulando nuevas promesas ilusionantes. Creo que la democracia liberal, impugnando su propio credo, dialoga muy mal con sus antagonistas. Los intelectuales que defienden la democracia liberal no reconocen un principio de seducción en los que la impugnan. A la democracia liberal le falta autocrítica y le sobra pereza. Además, no puede renunciar a un paquete de virtudes civiles mínimas —veracidad, honestidad…— sin las cuales no funciona el propio sistema liberal. Introducir ese factor humano, asumir o retomar ese eco remoto del republicanismo clásico que estaba en el origen de la tradición liberal, es algo que podría nutrir y brindarle una nueva energía a este régimen que está en crisis.

—¿Por qué decís que la moderación es un acto de valentía política?
—En el mundo contemporáneo se han inaugurado unas nuevas condiciones de deliberación pública, donde la moderación ya no se parece tanto a una posición tibia; no se quiere escandalizar o molestar a todo el mundo y ocurre lo contrario. La moderación hoy es casi una afirmación donde podés escandalizar a todos. En un marco de polarización donde se construyen grupos identitarios muy cerrados, paquetes ideológicos graníticos, hay una manera de ejercer la moderación que pasa por impugnar esos bloques, incluso por reivindicar la singularidad del pensamiento. Eso lleva a renunciar a la identidad de rebaño y obliga a generar un marco propio de opinión. Y eso, lejos de satisfacer a todos o de no molestar a nadie, te convierte en un infiel.

—¿Te parece que el poder nos quiere polarizados?
—Sí, porque es profundamente rentable. La polarización hoy es una tentación electoral y un gran negocio. La intervención de la tecnología sobre el modo en que opinamos públicamente ha hecho que esas posiciones extremas sean rentables y que además se vayan revolucionando entre ellas cada vez más. Si el poder económico y político te quieren polarizado, me parece un ejercicio de resistencia civil el impugnar esa polarización. Esa escisión de la amistad civil se ha convertido en un atajo para generar atractores políticos. Y aquí los medios juegan un papel clave. Quienes hemos tenido acceso a métricas de medios de comunicación detectamos que la columna más inflamable o que puede incorporar nombres propios en el titular normalmente es más eficaz en el mercado de la atención que una que introduce perplejidad, complejidad o dudas. Estamos tan ávidos, tenemos tantísimo miedo y buscamos certezas con tanta rotundidad que en el fondo nos decepciona cuando una columna de opinión se atreve a dudar, a sembrar escepticismo o a confesarse equivocada.

Las tres preguntas a Diego Garrocho se tomaron de una entrevista que se publicó originalmente en Ethic. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.

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Barbas en remojo. Las últimas elecciones en América Latina muestran un giro a la derecha que, en una primera lectura, parece consolidarse como tendencia. Este artículo profundiza en el tema y muestra que no necesariamente se trata de un cambio de doctrina, sino de una opción consistente por el cambio: el malestar social y económico empuja en muchos lugares a votar por la oposición, que da la casualidad que está más cerca de la derecha, después de dos décadas de progresismo. La tendencia no tiene por qué seguir repitiéndose, pero debería funcionar como un llamado de atención para quienes están en el poder.

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Academia. El interés de la gente común por la economía de un país o una región no se basa en la mera curiosidad intelectual: la administración de los bienes y servicios escasos impacta en la vida diaria de las personas y sus familias. Por eso la prensa económica cumple una función social determinante: la de ayudar a entender lo que pasa (y lo que podría pasar) en la micro y la macro, y dar elementos para la toma de decisiones. Este libro de Arrese y Vara-Miguel, ya mencionado en otra oportunidad, ofrece una excelente selección de ensayos sobre el periodismo económico desde una perspectiva múltiple que incluye la historia, la ética, los efectos en la opinión pública, entre otras.

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Oportunidades laborales

Canva inició su búsqueda para la posición de Country Manager, Argentina.


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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