La red
Un estudio global sobre salud mental destaca que la Argentina está entre los países con vínculos familiares más sólidos: una ventaja a la que no le sacamos todavía todo su potencial.
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13-05-2026
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Las malas lenguas dicen que un argentino aislado es una maravilla de la naturaleza, pero que cuando se junta con otros compatriotas, asoma el desastre. Ególatras, narcisistas, soberbios, vanidosos: genios en cualquier actividad individual e incapaces de entendernos unos con otros. Pero los hechos dicen otra cosa. Los mayores logros de este país fueron gestas colectivas: el proceso independentista, el dictado de la Constitución Nacional en 1953, la prosperidad y apertura al mundo de 1870 a 1930 y la vuelta a la democracia en 1983, sólo por mencionar algunos. Y sí, también las tres Copas del Mundo.
El tema viene a cuento porque nuestra fama de individualistas se contradice con lo que constatamos cada día: que la bebida nacional es el mate, que pasa de mano en mano y de boca en boca desafiando los consejos de los epidemiólogos. O que el asado —casi siempre de a muchos y organizado en un par de horas— es el pretexto más frecuente de reunión. O lo que sabemos ahora: que el informe Global Mind Health 2025 que elabora Sapiens Labs, dice que la Argentina está segunda, junto con Finlandia, en el ranking de solidez de sus vínculos familiares, muy por encima del promedio global. Sólo la República Dominicana nos gana.
Los resultados de este informe, producto de una encuesta a más de 200.000 personas en 80 países, permiten inferir algunos aspectos que no siempre son obvios para la política ni para el mundo empresarial:
Salud mental. La relación estadística entre solidez de los vínculos familiares y salud mental está más que probada. Los individuos con redes personales más fuertes son menos propensos a la depresión, los trastornos de ansiedad y las adicciones. El resultado: más calidad de vida, menos consumo de psicofármacos, más productividad en el trabajo. Todo a favor.
Vida real. Gregarios como somos, necesitamos de los demás. Donde hay vínculos familiares y de amistad sólidos, esa necesidad se canaliza de manera natural. Donde eso falta, el sustituto perfecto son las redes sociales, que están siempre ahí para ofrecernos su placebo de entretenimiento y aprobación. Más pantallas, más ansiedad.
Contraste. La familia no genera solo bienestar psicológico: también nos desafía. Los vínculos débiles no toleran el disenso; se rompen. Los sólidos son capaces de atravesar discusiones, desacuerdos, distanciamientos temporales, reconciliaciones. Expansiones y contracciones que generan músculo, flexibilidad, tolerancia. Crecimiento.
Solidaridad intergeneracional. Los vínculos familiares de impronta latina son, además, extendidos: primos, tíos, abuelos. Los mayores ayudan a criar a los recién nacidos, y los jóvenes protegen y asisten a los que, por edad o enfermedad, ya no pueden valerse por sí mismos. Aún con sus imperfecciones, este sistema tiene beneficios previsionales, económicos, logísticos, sanitarios y psicológicos obvios.
Vaca Muerta y su inmensa reserva de gas, la Cordillera de los Andes y su potencial minero, la Pampa casi infinita y su riqueza agropecuaria, el Litoral cruzado por enormes masas de agua dulce. Todo eso es cierto, pero el futuro de verdad está en la gente, que parece ser la mayor bendición que recibió esta tierra. Por eso, desde hace más de 200 años… “los libres del mundo responden, al gran pueblo argentino, salud”.
Ilustración: gentileza GM+AI
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Tres preguntas a Gonzalo Núñez. Es un periodista y escritor español. Ha trabajado en los diarios La Razón, ABC y The Objective, especialmente en la sección de Cultura, donde ha cubierto información de libros, cine, arte e historia. Es autor del libro “Los retratos desparejados”.
—¿Crees que vivimos pensando en las cosas malas que nos pueden pasar?
—Hay una frase muy abusada de Winston Churchill que dice: “Pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás iban a ocurrir”. Es una máxima de marcado carácter ansioso que define muy bien el estado de ánimo del ciudadano medio en este arranque atropellado del siglo XXI. En nuestros tiempos se vive siempre en espera de los bárbaros, al borde de la próxima calamidad. Se vive con el hatillo preparado y un remanente de papel higiénico, por lo que sea que pueda pasar. Dicen en la prensa que Bruselas avisa que el mundo se encamina “a la crisis energética más grave de la historia” y que, además, un barco cargado de hantavirus se acerca a España. Uno piensa en Nosferatu emergiendo del camarote, dispuesto a extender la peste por el globo, aliado con un batallón de ratas. Si no es una pandemia o una guerra, es la promesa de otra pandemia o una guerra más grave, la extinción por achicharramiento –el cambio climático pasó rápido a crisis y la crisis a emergencia–, el colapso de Europa, las últimas vacaciones de nuestras vidas antes de que no quede una gota de gasoil…
—¿No fue siempre así?
—Muchas generaciones de la Historia han vivido aguardando el final, pero ninguna como esta lo vive a diario, con todas las herramientas a punto para la más tóxica de las relaciones con su entorno. Un campesino de la Castilla en el siglo XV no sabía que el “mal francés” estaba ya en el continente cinco años antes de que llamara a su puerta. Los europeos del “año sin verano” no tuvieron que planificar sus vacaciones sin sol apenas se enteraron del estallido de un volcán al otro lado del orbe. Tampoco los sapiens sabían que el estrecho de Bering se estaba cerrando y que les iba a tocar pasar frío. Es lo que tiene el mundo globalizado e hiperconectado: que todos los males te ocurren a vos, ya y ahora (no en cien años), y es imposible “desconocer” lo que sucede en cualquier rincón del planeta, por nimio que sea. De hecho, para mucha gente tienen más entidad, más realidad, los dramas de un pueblo a diez mil kilómetros que el llanto de un mendigo bajo su ventana.
—¿Cómo contrasta este fenómeno con lo que vivían nuestros antepasados?
—Como Churchill, pegados a las noticias de última hora, pasamos la vida preocupándonos por cosas que jamás sucederán: no todas, al menos; tal vez un 10% de ellas. Vivimos con mentalidad provisional, aplazando cosas hasta que pase el desastre. Vivimos en el mañana, en un caso universal de ansiedad patológica por anticipación. Ansia viva. En eso somos radicalmente opuestos a las dos o tres generaciones que nos precedieron: ellos heredaron un mundo en el que no había quedado piedra sobre piedra y descubrieron la euforia de levantarlo todo de nuevo. A nosotros nos quedó una clara conciencia de que solo se nos permitía caer y lo vamos confirmando a diario en las redes. Además, a mucha gente le conviene el Apocalipsis, es decir, la amenaza sostenida de que está a punto de llegar. Al calor del fin de los tiempos y las sietes plagas han crecido profetas, expendedores de bulas y reliquias, técnicos y expertos de toda jaez. Cada Apocalipsis apareja su cohorte de burócratas; toda crisis es una oportunidad, si sos avispado.
Las tres preguntas a Gonzalo Núñez se tomaron del artículo “Todos los días son el Apocalipsis”, publicado originalmente en Ethic. Para acceder al texto original podés hacer click acá.
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Liderazgo autoritario. Las formas cambiaron. Van quedando pocos jefes que gritan, insultan o caen en agresiones burdas. Por suerte. Pero siguen vivas en algunas organizaciones las lógicas de control extremo, con un poder que se ejerce con lenguaje emocional, métricas de desempeño y manuales de conducta corporativa. Este artículo pone la lupa en estas prácticas y hace evidente que los avances que se lograron hasta ahora no son la meta final, sino solo un mojón en el camino hacia la salud de las empresas y otras organizaciones.
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Academia. Independientemente de que la inmensa mayoría de los países más prósperos del planeta sean democráticos, hay descontento en muchos de ellos porque los resultados materiales no están a la altura de las expectativas. Pero el principal valor de la democracia está en otro lugar: en la posibilidad de elegir y cambiar autoridades, de ratificar o corregir el rumbo, de plantearnos una y otra vez el propósito de la vida en comunidad. Este artículo toma como pretexto la alianza entre Peter Thiel y Alex Karp para explorar cómo la tecnología puede ser una herramienta eficaz para contribuir a salvar la democracia liberal.
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Oportunidades laborales
Standard Chartered inició su búsqueda para la posición de Director, Relationship Manager CIB.
Dept mantiene abierta su búsqueda de Director, Delivery (Creative & Media).
¡Hasta el próximo miércoles!
Juan.
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