Qué pensamos: la vuelta a las trincheras
En los números anteriores analizamos la lógica de los políticos y los periodistas. Hoy le toca el turno a cómo piensa la gente común: tarea pretenciosa, aunque no del todo imposible si se toman como referencia los resultados de un estudio global de opinión pública.
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01-04-2026
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No hay misterios: preferimos las noticias que confirman nuestros prejuicios, las primeras impresiones nos condicionan, tendemos a valorar más lo que podemos recordar fácilmente, le creemos más a la gente atractiva, preferimos evitar pérdidas antes que lograr ganancias equivalentes, prestamos más atención a nuestros éxitos que a nuestros fracasos, reconocemos los sesgos en los demás con facilidad y casi nunca los vemos en nosotros mismos… Así es como el ser humano llegó hasta acá, ahorrando energía cognitiva.
La novedad de estos tiempos es que, según el Edelman Trust Barometer 2026, nos volvimos más “insulares” que nunca: confiamos cada vez menos en los que son distintos a nosotros. Miramos con sospecha a quienes viven según valores diferentes de los nuestros, se informan con fuentes que no son las nuestras, proponen soluciones a los problemas sociales con un enfoque que nos resulta ajeno. Como si camináramos de noche por un barrio peligroso, nos cruzamos de vereda cuando vemos venir a alguien que no parece de nuestra tribu. “El otro” se nos está volviendo hostil.
Acá, algunos de los hallazgos que deja la última edición de la ya tradicional encuesta de Edelman que abarca a 34 mil personas en 28 países, incluida la Argentina:
Futuro. Algo venimos haciendo mal: solo el 32% de la gente, a nivel global, cree que la próxima generación va a estar mejor que la actual. Miedo a no tener trabajo, a que lo que ganen no alcance para vivir, a que el mundo se vuelva un lugar cada vez más inseguro. En la Argentina, el número es algo más alentador: el 45% cree que la próxima generación va a vivir mejor que la actual. Cuidado: somos también la historia que nos contamos.
Conflictos. El 66% de los encuestados a nivel global tiene miedo de perder su trabajo como consecuencia de las políticas tarifarias y los conflictos internacionales. Cuando se hizo la encuesta —entre octubre y noviembre de 2025—Trump ya había pateado el tablero en materia de comercio internacional pero no se había desatado aún la madre de todas las batallas en Medio Oriente. Se puede especular que hoy la preocupación sería aun mayor. Alarmante.
Guerra ideológica. En promedio, el 65% de la población global tiene miedo de que otros países difundan información falsa en los medios locales para generar divisiones internas (como si necesitáramos eso para pelearnos entre nosotros). Y los argentinos compartimos esa paranoia en un 53%. O sea, la mayoría piensa que está expuesta a un riesgo real de hackeo informativo por parte de algún enemigo. Hollywood se está quedando corto.
Sesgo. Lo confesamos: sólo el 39% de la población mundial dice exponerse a fuentes de información con un perfil ideológico diferente del propio. No queremos que nos hagan cambiar de opinión. En la Argentina estamos un poco peor que el promedio global. Un escaso 36% dice hacerlo, y con un agravante: esa cifra está 10 puntos por debajo de la del año pasado. Se acentúa la polarización.
Vuelta a la aldea. Si en algún momento nos gustó ser ciudadanos del mundo, ya no más. Nos volvimos insulares, aldeanos: cayó el 11% la confianza en los medios globales y el 6% en los líderes con proyección internacional. Aumentó, en cambio, el 11% en la confianza en mis vecinos, amigos y familia, también el 11% en los colegas del trabajo y el 9% en el CEO de mi compañía. Confío en los que conozco de primera mano: los demás, mejor que estén lejos.
Así está el patio: temerosos, desconfiamos de quienes no forman parte de nuestro círculo íntimo. Hiperconectados por la tecnología, tomamos distancia emocional de todo aquel que no sea parte de la propia tribu. Un desafío para políticos, marcas y organizaciones. Y una tarea compleja para comunicadores y profesionales de los asuntos públicos. A río revuelto, ganancia de pescadores.
Ilustración: gentileza GM+AI
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Tres preguntas a Cory Doctorow. Es un novelista, ensayista y activista por los derechos digitales canadiense. Publicó recientemente el libro “Enshittification” (“mierdificación”), sobre el proceso por el que las plataformas digitales primero seducen a los usuarios, luego exprimen a las empresas que dependen de ellas y, por último, degradan la experiencia de todos para maximizar sus beneficios.
—¿Por qué este libro ahora?
—Llevo más de 25 años trabajando como activista por los derechos digitales, y uno de los grandes problemas de este campo es que muchas de sus cuestiones son abstractas, técnicas y aparentemente lejanas. A menudo cuesta transmitir que lo que está en juego no pertenece a un futuro remoto, sino a la vida cotidiana de la gente. Una parte importante de ese trabajo consiste en encontrar marcos narrativos que hagan visibles la urgencia y la relevancia del problema. A veces eso se consigue con ensayos, con ciencia ficción, con metáforas o con parábolas. Y, a veces, también con una palabrota. En 2022, en un momento en que la frustración con las plataformas digitales estaba claramente desbordándose, usé ese término (enshittification) junto con una crítica bastante detallada en los planos económico, político y técnico. Y funcionó. Creo que mucha gente necesitaba exactamente eso: una licencia para la vulgaridad, para expresar lo que estaban viviendo.
—¿Qué es, en pocas palabras, la “mierdificación”?
—Es una teoría sobre cómo las plataformas digitales explotan la flexibilidad de la tecnología para extraer valor de usuarios, clientes y proveedores sin consecuencias reales. En el fondo, toda empresa quiere extraer el máximo valor posible: el negocio ideal sería no pagar nada por lo que obtiene y cobrar todo lo que vende. La diferencia es que en el entorno digital eso puede hacerse con una precisión y una opacidad inéditas. Puedes empeorar un servicio solo una vez de cada cien, para que el usuario no detecte el patrón. Puedes tratar a cada persona de forma distinta, ajustar precios, resultados, recomendaciones o comisiones según quién seas. La digitalización permite un grado de manipulación que en el mundo físico sería mucho más difícil o mucho más caro.
—¿No es excesivo asumir que todas las empresas terminan funcionando así? ¿No hay quienes quieren aportar valor de verdad?
—Claro que las hay. El problema es que, aunque quieras ofrecer valor, si dirigís una empresa que cotiza en bolsa o está sometida a inversores, vas a sufrir presión constante para aumentar la parte que te quedas. Como dijo mi teórico comunista favorito, Adam Smith, no obtenemos nuestro mejor pan porque el panadero se preocupe por nosotros, sino porque al panadero le preocupa que compremos el pan en otro sitio. Mientras exista esa disciplina externa, el sistema puede producir resultados razonables. Pero cuando esa disciplina desaparece, las cosas cambian. Si un panadero atraviesa dificultades, quizá reduzca un poco el tamaño de la barra. En el mundo digital eso es muchísimo más fácil. Podés engañar a cada usuario de una manera distinta, puedes introducir pequeños deterioros aquí y allá, puedes cobrar distinto según la persona o el momento. Y todo eso se vuelve aún más probable cuando faltan límites externos: regulación eficaz, competencia real, derechos laborales fuertes o interoperabilidad.
Las tres preguntas a Cory Doctorow se tomaron de la entrevista que le hizo recientemente Esther Paniagua, publicada en Ethic. Para acceder a su versión completa podés hacer click acá.
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Fertility rates. Cae la tasa de natalidad en Occidente, no es novedad. Este post ilustra la dimensión del fenómeno en varios países de América Latina y sirve para imaginar los desafíos que enfrentamos como sociedad en términos de sustentabilidad de los sistemas jubilatorios y de los servicios de salud y educación. Sin alarmas excesivas, es tiempo para potenciar la creatividad y proponer soluciones política, económica y socialmente viables. Antes de que sea demasiado tarde.
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Academia. El siglo XXI, polarizado y “agrietado”, requiere que la pregunta sobre el “yo”, el “otro” y el “nosotros” encuentre respuestas inspiradas en una mirada amplia y multidisciplinaria, desde la la política, la económica, la cultura y, por supuesto, desde la ética. Este trabajo académico constituye una construcción colectiva de un grupo de profesores que ponen su foco en la ética de la comunicación y en el modo en que se enseña esta disciplina a los futuros comunicadores. Una mirada preliminar que requiere de nuevas ediciones, incorporando los desafíos de la IA.
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Oportunidades laborales
Salesforce mantiene abierta su búsqueda para la posición de Director, Business Strategy.
¡Hasta el próximo miércoles!
Juan.
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