Mierda, qué país

El subcampeonato en la Copa del Mundo parece haber suscitado un sentimiento anti-argentino al que no estábamos acostumbrados. Aunque no está claro que el resto del mundo nos odie, el debate está generando una inesperada coincidencia entre compatriotas, donde antes había sólo grieta.

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29-07-2026

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El Mundial, si se mira bien, es como la Odisea, que a su vez es como la vida misma: Ulises superando infinitos obstáculos a lo largo de veinte años para volver a su patria en Ítaca, después de la Guerra de Troya. Igual que el camino vital de todos los hombres de todos los tiempos, lleno de dificultades, tentaciones y aprendizajes, que recorremos con el anhelo de encontrar nuestro propio lugar en el mundo, de volver al origen.

La semana pasada decíamos que la Scaloneta, con su épica, nos enseñó más de una lección. Ya depende de nosotros cuánto estamos dispuestos a aprender. El foco, ahora, está en procurar entender qué pasó alrededor de esa final en la que parece que al héroe le hubieran fallado las fuerzas y que terminó en derrota, frustración y lágrimas. Y en un sentimiento anti-argentino de algunos extranjeros, que no conocíamos y que nos llena de extrañeza.

Spoiler: no es tan grave. Quizá la derrota mundialista y las reacciones que generó son una oportunidad para pensar de otro modo a la Argentina, que tiene mucho de lo que sentirse orgullosa. Y quizá pensar en esto tenga también alguna utilidad en el mundo de la comunicación:

Nos cuesta aceptar lo que no nos gusta. Las teorías conspirativas se alimentan de un insumo clave: la necesidad de un consuelo que nos alivie la frustración. Elegimos darle crédito a datos aislados —no siempre probados— que confirmen que las fuerzas oscuras se confabularon en nuestra contra, antes que aceptar lo que más duele: que jugaron al fútbol mejor que nosotros. Que, aunque tengamos entre los nuestros al mejor de todos los tiempos, esta vez simplemente nos superaron. Es normal.

Las redes no son lo mismo que la realidad. Igual que un puñado de violentos no representan a un país de millones de ciudadanos pacíficos. No hay pruebas de que en España, México o cualquier otro país se haya instalado un odio generalizado hacia la Argentina. En todo caso, será un pequeño grupo de haters, sólo eso. Lo que sí está documentado es que existe la economía cognitiva: una tendencia humana muy arraigada que nos lleva a generalizar a partir de unos pocos casos que vemos en las redes. Quizá por eso nos sentimos odiados.

Digamos todo: somos raros. Aunque no seamos objeto del odio generalizado, es probable que algunos no nos entiendan y, por eso mismo, inspiremos algún tipo de sentimiento hostil. Tenemos un orgullo nacional ruidoso, infrecuente y despojado de complejos. Embanderamos las ciudades con cualquier pretexto, veneramos a nuestros héroes con pasión —los que nos consiguieron la independencia y los que juegan al fútbol— y cantamos el Himno a los gritos y entre lágrimas, sin poder explicar por qué. No es raro que ese combo se confunda con arrogancia.

También somos algo desprolijos. Hay que reconocerlo. Ortega y Gasset, hace un siglo, decía que teníamos esa cosa incivil del pueblo joven. Es esa forma desafiante de cantar el Himno, ese modo de jugar al fútbol dejando la vida, esa manera intensa de gritar los goles, ese festejo de los jugadores después de cada triunfo, esa hinchada que golpea el bombo como si fuera un tambor de guerra y no se calla nunca, esa profusión caótica de banderas, esas alusiones insistentes a las Malvinas. Desentonamos un poco, y no nos importa.

Nos juzgan a partir de sus propias categorías. Además de que somos algo raros y desprolijos, cada quien mira la realidad desde su prisma: buena parte de Europa siente culpa por el fanatismo religioso y el colonialismo esclavista que profesó en otros tiempos, y por los totalitarismos brutales del siglo XX. Quizá por eso necesitan sobreactuar la tolerancia, rendirle culto a la diosa diversidad y sospechar de todo lo que luzca blanco, hegemónico o judeo-cristiano. No es nuestro problema: cuando allá la intolerancia campaba a su anchas, acá ya se acogía con los brazos abiertos “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. No hay que hacerse cargo de los complejos ajenos.

Imperfectos y apasionados como somos, en este país vivimos enfrentados desde hace tiempo porque no nos ponemos de acuerdo sobre el tipo de sociedad que queremos. Aun así, pasó lo que tenía que pasar: la crítica de los de afuera nos hizo olvidar la grieta por un rato y, kukas y fachos, nos plantamos firmes, espalda con espalda, con la albiceleste tatuada en la piel. Y que vengan de a uno.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Pola Oloixarac. Es una escritora, periodista, filósofa y traductora argentina. Autora de cuatro novelas, su obra ha sido traducida a varias lenguas. Reside en Barcelona desde 2020.

—¿Crees que hubo un complot contra la Argentina en el Mundial?
—Es duro perder. La teoría conspirativa de que la final estaba arreglada para que la Argentina pierda tiene el valor terapéutico de un caramelo de potencia interminable. El domingo pasado la Argentina perdió un partido de fútbol. El rival lo superó físicamente, con una táctica que ya habían desplegado contra Francia, presionando muy arriba, no dejándonos salir. Francia perdió en 90 minutos, nosotros duramos 110 minutos con un hombre menos y un solo gol. Más que una campaña orquestada para odiar a los argentinos, lo que ocurre es algo que, de tanto ganar, habíamos olvidado: al que pierde se lo castiga. Al que pierde le cae el peso de la horda encima; ganar no es sólo el oro, sino evitar la jauría simbólica. Y con su extravagancias salvajes y patriotas, la Argentina parece una contracultura díscola, dionisíaca, a contrapelo del decálogo de la buena conducta global. La Argentina premia el brillo del individuo excepcional, la fricción y la fuerza, la glorificación del instinto, el vigor rabioso de Copa Libertadores y el placer estético de ver a un Simeone o al “Cuti” saltarle a la yugular al rival, como lo hizo el gallardo Paraguay contra Francia (y como entendió perfectamente Inglaterra, que cultivan hace siglos el orgullo estilizado de su pureza violenta).

—¿En qué se notan las diferencias culturales entre la Argentina y Europa en relación al fútbol?
—En la Argentina, prevalece el culto del héroe, mientras que, en el mundo “civilizado”, el héroe es una figura masculina en retirada. Lo nuestro es el desborde, el roce y el contacto, versus la telaraña interminable de pececitos. Son los atributos de nuestra civilización; allá afuera, los bárbaros ajenos a nuestro mundo aplauden la disciplina colectiva, el fútbol ascético, sanitario, de videojuego, el equipo como una forma de ballet masculino. La receta europea puede tener su encanto, aunque su sabor sea insípido para nuestro paladar amante de las emociones fuertes. Durante el Mundial, formamos parte de un antiguo culto guerrero cuyos valores son la amistad, la gracia y la fiereza. Nuestros hombres tienen el garbo exquisito del maleante, llevan la piel barroca de símbolos y mensajes; los sigue un coro propio eternamente juvenilista que piensa vía canción. Tenemos que enorgullecernos de nuestro alto estilo sudamericano, más emparentado con los guerreros aqueos que con esta época santurrona, y disfrutar de la diferencia en la discordia. Logramos, también, los que pocos pueden: nos libramos de la condescendencia paternalista de las potencias culturales. Si pueden, nos pegan en el suelo: es su manera de reconocer nuestra altura, nuestra peligrosidad.

—Muchos dicen que la Argentina fue demonizada...
—Es habitual demonizar lo que no se comprende. No descarto que sea una suerte que seamos incomprendidos, y que el resto (los bárbaros, los ajenos a nuestra civilización y sus preceptos) nos traten de minimizar. Selecciona las próximas oleadas inmigratorias a nuestro suelo: seduce únicamente a las almas salvajes. Deja afuera a las damas andropáusicas que quieren exigirle a un jugador de fútbol que pida perdón por la gresca posterior al partido, por sacar la bandera de Malvinas. A mí no me escandalizó que Jude Bellingham lo cacheteara de atrás al dulce Barco después de que les ganáramos, como tampoco me horrorizó un poco de rifirrafe en el post final. No me disgusta que despunte ese espíritu de pelea de bar, de testosterona desbocada por momentos: forma parte del argentum en acción. Hubiera preferido que no se pegaran sólo para evitar el coro de pesados posterior, pero el coro está para eso, para comentar la vida de los héroes. Los jugadores dan el ejemplo cuando muestran que se puede ser bravo y llorar de felicidad y de tristeza, cuando reflexionan sobre su camino con originalidad y fineza. ¿Una cultura macha que integra la vulnerabilidad, que no la excluye y que la celebra? Argentina logra, en efecto, lo imposible. Es un ejemplo de oro, aunque el argentum se llevara la plata esta vez; un Mundial tautológico.

Las tres preguntas a Pola Oloixarac se tomaron del artículo “Pasión, locura y conspiraciones: el “argentum” mundialista que corre por dentro”, publicado originalmente en La Nación. Para acceder a su versión original, podés hacer click acá.

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Argentina en el ojo ajeno. Así titula, ocurrente, la revista Seúl, un puñado de artículos de autores diversos sobre el modo en que somos percibidos los argentinos en estos días post mundialistas en otros rincones del mundo. Una buena selección de miradas que abona la teoría de que no necesariamente nos odian, sino que más bien no nos entienden, nos envidian, o simplemente nos ignoran. Al final, no somos el centro del universo tampoco.

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Academia. Sobre la base de un estudio cuantitativo hecho con 803 profesionales de las relaciones públicas de 18 países latinoamericanos, este artículo estudia los factores de la vida privada que inciden en la promoción de carrera de hombres y mujeres. Los resultados muestran que las responsabilidades familiares afectan las oportunidades de crecimiento profesional de las mujeres y, en cambio, no impactan en las de los hombres. Una oportunidad para que las organizaciones de diverso tipo –empresas y agencias de PR– implementen medidas eficaces para neutralizar este desequilibrio.

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Oportunidades laborales

Pfizer inició la búsqueda para la posición de Communications Manager.

Red Bull activó su búsqueda de Media Network Manager.


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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