Nuevos tiempos, nuevos desafíos éticos
El papa León hizo pública Magnifica Humanitas, su primera encíclica, en la que se ocupa de las “cosas nuevas” de estos tiempos: especialmente de la IA. Una mirada profunda —valiosa para creyentes y no creyentes— sobre la tecnología que está cambiando nuestras vidas.
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27-05-2026
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Los avances tecnológicos nunca fueron indiferentes para la Iglesia Católica. La imprenta generó primero entusiasmo, después cautela y más tarde —con Lutero y su Reforma—, recelo. Al final se impuso sin más resistencia. Siglos más tarde, la radio fue vista desde el principio como instrumento de evangelización. La tele, por su lado, suscitó sospechas en sus comienzos, pero pronto se convirtió en una herramienta eficaz para llegar a millones de hogares. Después de alguna desconfianza inicial, Internet mutó en un “nuevo continente digital” y una oportunidad histórica para difundir valores, aunque siempre hubo advertencias sobre los riesgos morales que podía traer consigo. Ahora le llegó el turno a la IA.
Acaba de publicarse Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, sobre “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Una invitación a construir la nueva Jerusalén, donde Dios y la humanidad habiten en armonía, por oposición a una nueva Torre de Babel que anula las diferencias y donde el género humano “pierde su rostro”. Metáforas poderosas y una denuncia explícita a algunos de los males que nos acercan a Babel: la concentración de poder, la manipulación de la verdad, la destrucción de empleos, las nuevas formas de esclavitud, la deshumanización de los conflictos con la IA tomando decisiones sobre la vida de las personas en contextos de guerra y un largo etcétera de pestes.
Pero el papa León no solo señala los males de estos tiempos. Ofrece también una propuesta ética, jurídica y política para superarlos. Acá, un posible resumen, inevitablemente incompleto:
Accountability. Responsabilidades claras en todas las etapas del proceso: se debe garantizar la posibilidad de identificar a quienes deben rendir cuentas por las decisiones de la IA para poder cuestionarlas y, si es necesario, remediar los daños que provoquen.
Responsabilidad jurídica y política. No basta con invocar una ética genérica. Hacen falta marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente y educación para los usuarios. León propone que la política ralentice los procesos cuando sea necesario y evite que las reglas sean dictadas sólo por quienes tienen los datos y las infraestructuras.
Debate público sobre la ética. El código ético que guía a los sistemas de IA debe poder discutirse abiertamente —piensa el Papa— y someterse a criterios compartidos de justicia social. De otro modo, se corre el riesgo de que quienes controlan la tecnología impongan a toda la sociedad su perspectiva moral particular.
Participación ciudadana y subsidiariedad. El uso de la IA debe estar sujeto a controles efectivos inspirados en la subsidiariedad: todo lo que puedan hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los organismos intermedios no debe ser absorbido por instancias o poderes superiores. En ese sentido, los ciudadanos deben tener voz en el discernimiento y la vigilancia, en lugar de ser simples receptores pasivos de decisiones tomadas por otros.
Datos: bienes comunes. La información y los datos, que son el resultado del aporte de muchas personas, no pueden dejarse exclusivamente en manos del sector privado. La Iglesia propone que la propiedad de los datos se reglamente y se gestione bajo una lógica colectiva, entendiéndolos como bienes comunes.
“Desarmar” la inteligencia artificial: La vida humana es demasiado importante para estar en manos de la IA. La Iglesia Católica propone prohibir que los sistemas automatizados tomen decisiones sobre empleo de fuerzas letales, manteniéndolas siempre bajo el control humano efectivo, consciente y responsable.
El Papa explicó, al asumir su cargo, por qué elegía llamarse León: en homenaje a León XIII, a quien le tocó vivir profundas transformaciones tecnológicas, económicas y sociales y que, en 1891, propuso una mirada profunda e innovadora en su encíclica Rerum novarum (“las cosas nuevas”). El cardenal Prevost, sin alardes, parece consciente del rol histórico que le tocó: ser Pastor de 1.400 millones de católicos en tiempos de la IA, que no es un mero avance tecnológico. Es, probablemente, el hito que nos saca de la Era Contemporánea y nos pone de golpe en la siguiente, como fuera que vaya a llamarse.
Que Dios nos ayude.
Ilustración: gentileza GM+AI
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Tres preguntas a Michael Neiberg. Es un historiador estadounidense, especializado en la historia militar del siglo XX, con particular foco en el período 1914-1945 en Europa Occidental.
—¿Percibís un consenso respecto al papel que desempeñan las guerras en este nuevo marco global?
—En la situación actual, cuando se trata de operaciones militares, los países no están vinculados por el orden internacional basado en reglas. Supongo que parte del problema es que los estados no entran en conflicto entre sí, como sucedió durante la Guerra Fría. La invasión rusa de Ucrania, por ejemplo, no afecta necesariamente a los intereses de Estados Unidos. Kissinger pensaba que las guerras se prevenían mediante el equilibrio de poder. En nuestro contexto, este planteamiento resulta menos efectivo, ya que es muy improbable que Rusia, Estados Unidos, Europa y China entren en guerra, pero muy probable que participen en conflictos proxy. Es decir, en contiendas en tierra de otros, como el actual enfrentamiento entre Israel e Irán en territorio libanés a través de Hezbolá. Otra vía es el enfoque normativo impulsado por la ONU, que prefiere el arbitraje y la mediación antes de que estalle un conflicto. Hasta ahora ha evitado grandes guerras, pero no ha servido para detener las más pequeñas.
—¿Cuándo termina realmente una guerra?
—Esta es la pregunta más difícil. ¿Cómo se crea una situación en la que, con suerte, se pueda recurrir a la fuerza militar sin hacer uso de la violencia física ni del armamento? Y, en caso de guerra, ¿cómo intervenir de forma muy rápida y con la mínima pérdida de vidas humanas? Una vez estalla, la guerra adquiere su propia lógica. La estrategia debe contemplar qué es lo que intentas lograr, con qué herramientas cuentas, qué precio estás dispuesto a pagar para conseguir ese objetivo y qué precio está dispuesto a pagar el enemigo para ganar. Pero saber cuál es la voluntad del enemigo es muy complicado. Está claro que Rusia subestimó enormemente a Ucrania. Si te equivocas en eso, nada de lo que hagas tendrá sentido. Cuando desapareció el Imperio Otomano, en 1922, se abrió un debate sobre cómo organizar Oriente Medio. ¿Debería recrearse un califato? ¿Deberían ser Estados-nación según el modelo occidental? Creo que seguimos inmersos en un proceso histórico muy violento para responder a esa pregunta. Desde 1918, la zona no ha conocido muchos periodos de paz. Hay tantas visiones contrapuestas que va a ser muy muy difícil resolver este conflicto.
—Estados Unidos interviene cada vez más en conflictos que no le son propios, ¿cómo ha evolucionado la neutralidad de ese país desde la Primera Guerra Mundial hasta el enfoque geopolítico actual?
—El concepto de neutralidad en la guerra puede tener diferentes significados. Por ejemplo, “No he tenido ningún efecto para ninguna de las partes” o “Estoy teniendo el mismo efecto para ambas partes”. En 1914, el presidente Wilson manejó una definición diferente: las empresas estadounidenses eran libres de hacer lo que quisieran siempre y cuando no estuvieran directamente involucradas en la muerte de nadie en Europa. Es decir: podían vender armas, pero estas no podían dispararse. Para hablar de Estados Unidos hoy, se usa el concepto «perímetro de seguridad». Antes de la Primera Guerra Mundial, el país buscaba defender sus dos fronteras —Canadá y México—. Después se empezó a ampliar esa noción de lo que necesitamos controlar, tanto por motivos políticos como tecnológicos. Hasta tal punto que, ahora, lugares como Groenlandia afectan potencialmente a la esfera de intereses de todo el mundo y se convierten en posibles focos de conflicto internacional.
Las tres preguntas a Michael Neiberg se tomaron de una entrevista hecha por Andrea Blavia, publicada originalmente en la revista Nuestro Tiempo. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.
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Lobby. La mala fama del lobby trasciende las fronteras. Injusto, porque gestionar intereses frente a la autoridad, en nombre propio o de terceros, en un derecho de cualquier ciudadano. Dejando aparte esta discusión (y justo ahora que el Gobierno de Milei promueve una legislación sobre el tema), este artículo que vio la luz ya hace un tiempo destaca que existe una nueva generación de lobistas que promueven políticas públicas beneficiosas para buena parte de la sociedad y el ambiente. Los ejemplos de las asociaciones que promueven la energía solar, limpia y renovable, o las que impulsan marcos regulatorios favorables para la “good food” sirven como ejemplo para dejar de demonizar una profesión tan noble como cualquiera.
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Academia. Las estrategias de PR, además de impactar en públicos externos, tiene un efecto en los colaboradores de las organizaciones. Este estudio de Cen April Jue examina cómo las percepciones de los empleados sobre el uso de estrategias de relaciones públicas de puente y amortiguamiento de las organizaciones afectaron sus respuestas positivas al cambio organizacional. A partir de dos marcos teóricos –la teoría del intercambio social y la gestión estratégica de las relaciones públicas–, el estudio actual probó que las propuestas de comunicación proactiva generaron cambios organizacionales positivos, con apertura al cambio, mientras que las defensivas, con ocasión de algún desafío o ataque externo, no.
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Oportunidades laborales
Medifé mantiene abierta la búsqueda para la posición de Gerente de Comunicaciones Corporativas.
¡Hasta el próximo miércoles!
Juan.
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