Razones para el optimismo

El saldo que dejó el siglo XX, aun con sus horrores, fue de progreso y mayor bienestar. A pesar de la complejidad de los desafíos de hoy, el mundo tiene motivos para creer que el futuro va a ser mejor.

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20-05-2026

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En el siglo XIX, la gente estaba segura de que el futuro iba a ser mejor: se había generalizado el convencimiento de que la humanidad transitaba, triunfante, el camino del progreso indefinido. Pero en 1914 llegó la Gran Guerra, que nos inoculó la duda. Después, el crack financiero de 1929, que nos sumió en la depresión, y una década más tarde, la Segunda Guerra Mundial, que terminó de aplastarnos. Después de los horrores de esos años, lo lógico hubiera sido que la humanidad entera hubiera visto al futuro como una terrible sombra amenazante, pero no: se lanzó a tener hijos, reconstruir ciudades y bailar rock & roll con el mayor de los optimismos. Como si las dificultades nos dieran nuevos bríos.

En 2026, sobre todo en los países ricos, el panorama luce negro: los salarios están bajos, el crédito se volvió caro y las empresas achican sus estructuras para volverse más eficientes. Para más inri, la IA reemplaza a miles trabajadores y todavía no está claro dónde o cómo podrían reinsertarse en el mercado laboral. Así las cosas, los ciudadanos se enojan, le echan la culpa a la tecnología, a los inmigrantes o a quien pueden, y los políticos populistas aprovechan los ánimos crispados para posicionarse como la solución definitiva a tantas frustraciones. Con ese panorama, miles de columnistas escriben textos apocalípticos en todo el mundo, instalando la idea de que el porvenir es deprimente.

Pero el futuro no es necesariamente malo. Yuval Atsmon, CFO de McKinsey, hace poco compartió en un artículo una serie de razones por las cuales el optimismo para las próximas décadas es una opción válida. Acá, un posible resumen:

La escala del progreso ha sido extraordinaria. En 1920, solo 2 de cada 10 personas en el mundo tenían electricidad; hoy, son 9 de cada 10. El ingreso per cápita se multiplicó por más de siete, y la pobreza extrema pasó del 60% al 10%. La mortalidad infantil bajó del 32% al 4%, y la esperanza de vida, que estaba en los 34 años en 1920, hoy alcanza los 73. La alfabetización, que rondaba el 32%, hoy se acerca al 90%. Los años de escolaridad aumentaron considerablemente, la participación femenina en la fuerza laboral más que se duplicó y la media de horas laborales cayó en más de un 25%. O sea, en promedio, somos más ricos y tenemos mejor calidad de vida.

Los motores del progreso eran en gran medida impredecibles. En 1925, eran muy pocos los que podían anticipar las fuerzas que moldearían el siguiente siglo. Los motores del progreso —los semiconductores, los antibióticos, la educación masiva, el rol de las mujeres, la integración del comercio global o la revolución digital— estaban en estado larval o ni siquiera existían. Igualmente impredecibles eran los fenómenos geopolíticos que afectaron al crecimiento. En definitiva, el progreso no surgió de un plan: fue el resultado de interacciones más o menos caóticas entre ciencia, instituciones, incentivos y contingencias históricas. No somos tan malos improvisando.

El progreso fue desigual, frágil y frecuentemente interrumpido. A pesar de su magnitud, el progreso no fue constante. El siglo XX trajo una devastadora crisis financiera, dos guerras mundiales y decenas de conflictos geopolíticos, epidemias y periodos de estancamiento que frenaron los avances. Las tasas de crecimiento variaron según los años y los países, con periodos recesión y ráfagas de avances. China e India, que estuvieron estancadas hasta fines de los 70, desde entonces crecen a ritmos asombrosos. Como el periodo entre 1929 y 1945 fue especialmente duro, las predicciones negativas en 1925 (que eran muchas) parecían haber acertado… hasta que llegó el auge de la posguerra, con su Plan Marshall y su baby boom. Y aun así, pasó mucho tiempo hasta que alcanzó a la mayoría de la población mundial.

La agenda inconclusa sigue siendo importante. Persisten desafíos significativos: aunque la pobreza extrema se reduce de manera constante desde hace décadas, todavía una pequeña parte de la población mundial goza de seguridad económica. Se mantiene la desigualdad en muchas geografías, y el acceso a un sistema de salud y educación de calidad está lejos de ser universal. El envejecimiento de la población y las tasas de fertilidad más bajas presentan retos importantes mientras las tendencias tecnológicas traen a la vez nuevas soluciones y nuevos problemas. Incluso donde los niveles de vida materiales han mejorado, persisten los desafíos de la inclusión, justicia, seguridad y sostenibilidad.

El progreso no es inevitable, pero es posible, aun contra todo pronóstico. Esa es una de las grandes lecciones que nos dejó el siglo XX. En ese contexto, viene a cuento la célebre idea de David Deutsch sobre la condición humana: los problemas son inevitables, tienen solución y esas soluciones son el origen de nuevos problemas. Y así hasta el infinito.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Maureen Dowd. Es una columnista estadounidense del New York Times. Durante la década de 1970 y principios de la de 1980, trabajó para The Washington Star y la revista Time, escribiendo noticias, deportes y artículos destacados.

—¿Qué efectos está teniendo la irrupción de la IA en las carreras académicas?
—Tal vez los humanos estemos de salida, pero al menos volvieron las humanidades. O al menos es lo que nos dicen algunos de los dioses de la tecnología. Tras décadas de ningunear las artes y el estudio de humanidades como algo inútil y machacar que lo esencial para el éxito futuro era el dominio de la ciencia, la matemática y la tecnología, ahora el sector tecnológico está reconociendo que aprender sobre la naturaleza humana puede ser un activo muy valioso en revolución de la IA que se avecina. Ahora resulta que los empleos en el sector tecnológico se están secando, después de años en que los estudiantes se abalanzaban en masa sobre las carreras de informática. No necesito un programador… ¡Te lo resuelve la IA! Lo que no puede hacer la IA —por ahora— es eso que nos hace humanos: la empatía, emoción, psicología, pensamiento crítico. “¡Qué obra maestra es el hombre!”, dice Hamlet al describir a esa intrincada e infinita criatura.

—¿Qué está pasando dentro de las aulas, en ese contexto?
—El famoso dramaturgo Drew Lichtenberg dice que la IA es un falso espejo porque “te devuelve respuestas a preguntas de blanco o negro, pero no ayuda a explicar para nada la experiencia de ser humano de la forma en que lo hacen el arte o la filosofía”. Lichtenberg dice haber quedado impactado por la avidez de sus alumnos del semestre pasado por obras complejas y textos filosóficos que no dan respuestas absolutas. Dice que estaban especialmente interesados en la ‘analítica de lo sublime’ de Kant, en Nietzsche y la náusea existencial, en Camus y en el mito de Sísifo, y agrega que el razonamiento frío de la IA “comprehende”, pero que la inquieta imaginación del arte “aprehende”. Daniela Amodei, fundadora de Anthropic, le dijo a ABC News que “lo que nos hace humanos será cada vez más importante, y no menos”, y que “estudiar humanidades será más importante que nunca. Muchos de estos modelos de IA son muy buenos en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas. Pero lo que que nos hacen singularmente humanos siempre será esencial: entendernos a nosotros mismos, comprender la historia, saber qué nos impulsa”.

—¿Lo ves como una tendencia que se repite en otros líderes empresariales?
—Así es: otros megamillonarios y ejecutivos —Jamie Dimon de JPMorgan Chase, Ginni Rometty de IBM, Satya Nadella de Microsoft, Mike Novogratz de Fortress Investment Group y Jack Clark de Anthropic— han advertido sobre la necesidad de inteligencia emocional y capacidad de contar historias en un mundo dominado por la IA. Reed Hastings, cofundador de Netflix, comentó recientemente en el podcast de Reid Hoffman que la época en que las ciencias exactar dominaban el campus de la Universidad de Stanford ha quedado atrás. Si hoy tuviera un hijo de tres años, hoy más que nunca se enfocaría en enseñarle habilidades emocionales. Hastings me dijo que “la mejor defensa que tienen hoy en día tanto padres como estudiantes es una educación integral que les permita adaptarse a los cambios que se avecinan. La IA es mejor en pensamiento racional que en profundidad emocional. Difícil que la IA consiga trabajo como humorista de stand-up”.

Las tres preguntas a Maureen Dowd se tomaron del artículo “What IA can’t do”, publicado originalmente en The New York Times. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.

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España. El PSOE acaba de perder las elecciones en Andalucía. El sur de España, donde las desigualdades se hicieron históricamente más patentes, fue durante décadas el territorio en el que la izquierda cosechaba sus votos. Desde hace un tiempo, ya no más. Y ahora, de manera muy evidente, con un rechazo al gobierno central de Pedro Sánchez. Esta columna de opinión ensaya la idea de que lo simpatizantes de izquierda que votan al PSOE pensando que es la única manera de que sus ideas se conviertan en realidad, se equivocan: Sánchez (que no tiene ideología) secuestró al partido y lo convirtió en la herramienta para alcanzar su objetivo de perpetuarse él en el poder. Tiempos difíciles en la Madre Patria.

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Academia. Los valores políticos expresan valores personales básicos. Este artículo de Schwartz, Caprara y Vecchione prueba cómo la estructura motivacional de los valores personales restringe y da coherencia a los valores políticos fundamentales. También que los valores políticos median las relaciones de los valores personales básicos con el voto: a modo de ejemplo, la prevalencia de ciertos valores en los italianos adultos antes de las elecciones nacionales de 2006 explica el apoyo que obtuvieron los ocho candidatos principales y permitió pedecir la votación con un grado de precisión bastante notable. Dime en qué crees y te diré cómo votarás.

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Oportunidades laborales

Medifé inició la búsqueda para la posición de Gerente de Comunicaciones Corporativas.


¡Hasta el próximo miércoles!

Juan.


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