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Saliendo de la cueva

El lanzamiento de Moltbook, la primera red social en la que los usuarios son los agentes de IA, reaviva las preocupaciones de los apocalípticos que ven en este invento una nueva amenaza. Quizá, a pesar de todo, haya una manera de sacarle provecho.

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04-02-2026

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“Curiosity killed the cat” se decía en Inglaterra ya en el siglo XVI, cuando se quería recordar que andar indagando sobre temas que debían permanecer ignorados podía traer consecuencias poco felices. Pero no aprendemos: quién más, quién menos, casi todos disfrutamos de la adrenalina que se nos dispara cuando rozamos el peligro de adentrarnos en lo desconocido. Algo así se siente cuando, después de dos tragos de Red Bull, ponemos un pie dentro de Moltbook, la red social para agentes de IA en la que los humanos somos solo espectadores: uno se siente un poco intruso y duda si no sería mejor evitar esa terra incognita plagada de alienígenas digitales. Pero ya está adentro.

Los capítulos de Black Mirror pueden ser interesantes como entretenimiento, pero nadie quiere vivir dentro de ellos. Y sin embargo, acá estamos, cruzando ese umbral maldito. Todo es culpa de dos artículos —uno publicado en Forbes y el otro en el New York Times— que en estos días pusieron el ojo ahí y nos sembraron la curiosidad. A esta altura, seguramente ya estarán on line miles de textos como éstos: unos, apocalípticos, horrorizados por el peligro de estos desvaríos del mundo moderno; y otros más moderados, aunque sin dejar de advertir, quizá con razón, que cuidado: que se sabe dónde se empieza pero no dónde se termina.

Temores aparte, Moltbook viene a darnos oportunidades de aprendizaje, si sabemos aprovecharlas:

Soluciones. Sobre todo a partir de la pandemia de covid, todo analista que se respete se alarma por la polarización de las sociedades. Quizá Moltbook sea el laboratorio de antropología inversa más sofisticado que jamás hayamos tenido, en el que las IA se vinculan, se persuaden y se organizan sin prejuicios, rencores ni egos heridos. No va a pasar mucho tiempo antes de que los agentes encuentren soluciones creativas a conflictos de larga data entre humanos, que parecían irresolubles. Quedará en nosotros la decisión de aceptarlas o no.

Método. Asumamos por un momento que las soluciones que propongan las IA a los más intrincados problemas humanos, por deshumanizadas, sean impracticables. Y que, por eso mismo, las rechacemos. De todas maneras, algo habremos aprendido: si no el resultado final (el qué), quizá sí el método, la lógica y las reglas de cortesía que las IA hayan seguido para llegar a él (el cómo). Puede que seamos nosotros mismos quienes tengamos que alcanzar las soluciones a nuestros problemas, pero no hay razón para rechazar la ayuda de los sherpas algorítmicos que podrían mostrarnos el camino (o parte de él).

Consecuencias remotas. No por mala voluntad, sino por incapacidad para considerar un número demasiado alto de variables, la humanidad muchas veces generó nuevos problemas mientras intentaba resolver otros: la Revolución Industrial, con su máquina de vapor alimentada a carbón, supuso un salto formidable en eficiencia productiva, a la vez que dejó sembradas las bases para un daño ambiental sin precedentes. Los contrapuntos entre agentes en Moltbook muy probablemente den origen a soluciones con menos efectos colaterales, producto de la capacidad casi infinita de procesamiento de datos de las IA que participan en él.

Hay quien dice que la humanidad siempre se dividió en dos: los que promueven el cambio y los que se resisten a él. Los que hace miles de años salían de las cuevas, enfrentando peligros desconocidos, y los que preferían permanecer en ellas, apostando a lo seguro… hasta que, antes o después, el hambre los obligaba de todos modos a salir. Moltbook, como todo lo relacionado con la IA, ya es parte del paisaje. Cada quien sabrá si quiere abandonar la cueva o si prefiere atrincherarse en ella… hasta que no quede más remedio que salir.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Ismael López Gálvez. Es un poeta y ensayista español, experto en filología hispánica. Además de sus colaboraciones en diversos medios, es autor de varios libros de poesía: Las 88 páginas de mi libreta, Érase una vez poesía, Del mito al Eros y La piedad del leviatán.

—¿En qué sentido decís que la educación debe servir para hacer el mundo más habitable?
—Creo que no es una postura declinista sostener que el término “educación” ha ido progresivamente reduciendo su significado hasta identificarse, en cierta medida, con la adquisición de conocimientos. En el lenguaje ordinario contemporáneo, se dice de quienes han superado con éxito los estudios posteriores al bachillerato que poseen una “educación superior”, como si esta pudiera medirse por el nivel de certificación alcanzado. De ahí esta necesidad de recobrar la pureza etimológica del término y restituirle su solidez normativa. “Educar” proviene de dos verbos latinos complementarios: ēdŭcāre, que significa ‘criar’, ‘nutrir’, ‘alimentar’ y ‘guiar desde el exterior hacia el interior’; y ēducĕre, que alude a ‘sacar’ y ‘conducir desde dentro hacia afuera’. La educación, entendida en esta doble trayectoria, no se limita a saciar la sed de contenidos, sino que implica un ofrecimiento, una disposición activa por entregar hábitos y modos de relación, unas reglas de conducta que permitan al individuo desplegar su humanidad en convivencia con otros. Es el sacrificio por hacer el mundo más habitable.

—¿Qué te llamaba la atención del modo en que estaba educada la generación de tus padres?
—Cuando era niño (puede que el recuerdo se haya deformado por la nostalgia), quería crecer para relacionarme como los adultos, con aquellas palabras perfectas y con apretones de manos que servían para sellar una amistad o un acuerdo inquebrantable. Me impresionaba ver cómo cedían el paso o el asiento, cómo se trataban de usted y eran amables con propios y desconocidos, cómo dejaban salir antes de entrar y escuchaban sin interrumpir. Al parecer, actuaban con una justicia salomónica. O eso decían. También llamaba mi atención que miraban a los ojos durante las conversaciones, agradecían, se disculpaban y caminaban por el lado externo de la acera. Y, en especial, que intentaban no invadir la intimidad de los demás, ayudaban sin que se lo pidiesen y consideraban la puntualidad como algo importante. Solían compartir, a veces sin tener demasiado de nada.

—¿Qué pasó después?
—Con el tiempo, me hice mayor y me dio la impresión de que aquellos modales empezaron a envejecer y a desaparecer con la generación que había visto desde pequeño: una educada con un criterio más ético y formal, aunque no exenta de rigideces y desigualdades que hoy cuestionamos. Durante la facultad, incluso llegué a convencerme casi por completo de que todo estaba mal en mi universo conocido, que debía deconstruirme, que esos gestos eran, como mínimo, reliquias y cursilerías con olor a naftalina. En paralelo, la educación –la buena, la que nos había convertido en la cohorte más preparada de la historia– se volcó de manera significativa en competencias técnicas y cognitivas a las que hay que reconocerles un notable progreso y una apertura de puertas antes cerradas. No obstante, el precio fue el ensimismamiento, la idiotización en su acepción clásica. Emergimos a la luz de la civilización con títulos y diplomas que parecían ser notables, pero que acreditaban más autoridad que competencias. De algún modo, se hicieron realidad las imaginaciones de Jonathan Swift.

Las tres preguntas a Ismael López Gálvez se tomaron de un artículo publicado en Ethic bajo el título “Educar en educación plena”. Para acceder a su versión completa podés hacer click acá.

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Poder. “La industria de la comunicación global no se mueve solo por creatividad. Se mueve por poder”. Así inicia este post de Raúl Baz, en el que compara la identidad visual de los tres monstruos de la industria global de la comunicación: Omnicom, WPP y Publicis Groupe. Los tres compiten por algo más profundo que simples campañas. Compiten por controlar las narrativas, interpretar la realidad y definir cómo las audiencias entienden las marcas y los gobiernos. “Tres arquitecturas distintas. Tres formas de ejercer liderazgo. Tres maneras de construir poder invisible”.

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Academia. La caída de los índices de natalidad en América Latina ya son tema de conversación frecuente desde hace tiempo. La preocupación por sus consecuencias en el mediano plazo ya es generalizada. La identificación de soluciones concretas y efectivas es todavía un tema pendiente. Este post de Latinometrics le pone números a estas realidades, comparando realidades y proyecciones de cada país. Argentina, con números rojos: si no lo resolvemos, nos esperan unas décadas difíciles, con un puñado de jóvenes manteniendo a una multitud de ancianos. Que Dios, la IA y nosotros mismos sepamos unirnos para hacer algo.

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Oportunidades laborales

Canva inició su búsqueda para la posición de Country Manager Argentina.

Movimiento CREA activó su búsqueda de Director Ejecutivo.

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