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Se caía de Maduro

La intervención militar norteamericana que derrocó a Nicolás Maduro constituye un hito clave en la historia latinoamericana reciente. Trump, con su sinceridad brutal, parece haber entendido la sensibilidad de estos tiempos.

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7-01-2026

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La historia se está escribiendo en estos días. En la madrugada del 3 de enero, una intervención militar digna de Hollywood, con aviones, helicópteros y fuerzas de elite estadounidenses, terminó con la dictadura de Nicolás Maduro, que llevaba casi 13 años ininterrumpidos de tropelías. Horas después, el ex presidente venezolano y su mujer, Cilia Flores, comparecían ante un tribunal de New York, acusados formalmente de conspirar para ejercer el narcoterrorismo e importar cocaína a los Estados Unidos, entre otras lindezas. Trump confesó, sin embargo, que sus motivaciones eran otras: defender los intereses económicos norteamericanos vinculados al petróleo. Claro como el agua.

Como era de esperar, el estilo bravucón de Donald, que ordenó la extracción de Maduro sin pedir permiso ni mucho menos perdón, generó opiniones contrapuestas. Mientras la mayoría de los venezolanos que sufrieron la dictadura en carne propia celebran las agallas de Trump, otros actores políticos del resto del mundo se han mostrado ambiguos: que sí, que Chávez y su sucesor no eran un dechado de virtudes democráticas, pero que cuidado porque el derecho internacional no prevé estas cosas, que no está bueno como antecedente y que la soberanía de los países es muy importante. Old school.

Cada quien opina no ya lo que quiere, sino lo que puede. Acá, una propuesta de tres claves de interpretación que simplifica al extremo lo que está pasando, por si a alguien le sirve:

La geopolítica. Como pasó otras veces a lo largo de la historia, las grandes potencias se están dividiendo el mundo: Asia es de China, Europa quedó librada a su suerte —por eso Rusia campa a sus anchas en Ucrania— y América es para los Estados Unidos. Lo de Venezuela hay que interpretarlo bajo ese prisma. Y lo que le pase a Cuba en el futuro cercano, también.

La nueva narrativa. Antes, cuando la sensibilidad era otra, Estados Unidos tenía que justificar su intervención en otros países con razones altruistas (casi siempre falsas): básicamente, que estaba defendiendo la democracia. Bullshit. Ya no más: Trump no se ruboriza cuando confiesa que remueve a Maduro para defender los intereses económicos norteamericanos. Y punto. La misma sinceridad casi obscena que lo hizo llegar a la presidencia.

El caso venezolano. 13 años de dictadura (más otros 13 de Chávez), elecciones ampliamente cuestionadas, 36.800 personas torturadas, 10.000 ejecuciones, 18.305 presos políticos, 8 millones de exiliados. Y una economía desastrosa, con 90% de pobreza como saldo. Maduro, a su manera, se lo puso fácil a Trump: ¿qué votante republicano —sobre todo de origen latino— no apoyaría la intervención?

Como dice un académico español sin pelos en la lengua, el mundo no se volvió más brutal con Trump: simplemente ahora es un poco menos hipócrita. Donald sabe que hay una nueva sensibilidad que valora eso. Y se aprovecha.


Ilustración: gentileza GM+AI

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Tres preguntas a Benito Arruñada. Es un economista español, experto en las bases institucionales y culturales de la economía de mercado. Es Catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, Affiliated Professor en BSE e Investigador Asociado en FEDEA. Fue presidente de la Society for Institutional & Organizational Economics.

—Buena parte de Europa reaccionó a la extracción de Maduro con quejas porque Trump rompió el “mundo de reglas” en el que vivíamos. ¿Qué pensás de eso?
—Esos aspavientos se basan en un mito central: que vivíamos, hasta ayer, en un “mundo de reglas”. Un sistema internacional regido por normas compartidas, con mecanismos de arbitraje aceptados y una autocontención más o menos voluntaria de las grandes potencias. Se trata de una ficción útil, pero ficción al fin. En realidad, nunca existió ese orden internacional basado en reglas como principio rector. Lo que existió ayer, como existe hoy, son acuerdos entre los verdaderamente poderosos para repartirse áreas de influencia. Las reglas han servido a menudo para maquillar esos acuerdos con un barniz jurídico y moral, digerible para el consumo interno. Sobre todo en sociedades que han dejado de ser poderosas, como las europeas. Europa debería saberlo mejor que nadie: en 1945, media Europa fue entregada a la esfera soviética. No por error ni por distracción, sino por cálculo. Desde el Báltico al mar Negro, más de cien millones de europeos quedaron fuera del supuesto “mundo libre” durante más de cuatro décadas. ¿Dónde estaban entonces las reglas? ¿Qué árbitro intervino? Ahí asoma la gran hipocresía europea: el añorado mundo de reglas convivió sin rubor con la servidumbre negociada de buena parte de Europa. En realidad, condenaba a esa centena larga de millones de europeos a vivir encerrados en una Venezuela peor que la de Maduro.

—Entonces se idealiza el pasado y, de algún modo, se dramatiza demasiado sobre el presente…
—Así es. Se está presentando cada movimiento tosco de Trump como una ruptura histórica, cuando en realidad lo novedoso no son los hechos, sino la retórica. La “ley del más fuerte” no la ha inventado él: se limita a enunciarla sin rodeos, privándonos del consuelo de fingir que no existe. Pero este autoengaño no es solo europeo: también anida en amplios sectores de los Estados Unidos. Durante décadas, parte de su élite política e intelectual interpretó y presentó al país no como un imperio convencional, sino como el garante desinteresado de un orden cuasi jurídico. Esa autopercepción no solo limitó su capacidad de actuar con eficacia; en muchos casos la volvió errática y hasta dañina. Al rehuir el lenguaje y los costos del poder, Estados Unidos acabó ejerciéndolo peor. En el caso de Europa, parece que a muchos lo que les molesta más es el tono que el contenido, la forma más que el fondo. Quizá porque les impide seguir instalados en la negación de cómo funciona el mundo. Tal vez molesta más el descaro con el que actúa Trump que su política. Lo obsceno no es tanto el poder como su retórica sin eufemismos. No incomoda tanto lo que hace como el modo en que lo dice. Y eso deja al descubierto la fragilidad intelectual de quienes creyeron que el garrote había desaparecido.

—Sin embargo, ese lenguaje hipócrita cumplió funciones muy concretas. ¿No es así?
—Exactamente: sirvió de coartada para no gastar en defensa. Para externalizar la seguridad a los Estados Unidos mientras cultivábamos una superioridad moral de salón y un bienestar anestésico. Para adoptar políticas energéticas suicidas como si la escasez no existiera. Y también para alimentar una industria entera de organismos internacionales, expertos y opinadores dedicados a gestionar, reinterpretar y redefinir unas reglas que rara vez decidían nada sustantivo: a lo sumo, maquillaban ante la opinión pública occidental lo ya decidido en términos de poder. Ese decorado se cae. Y el desconcierto es real. Pero convendría no confundir su derrumbe con el inicio de la tragedia. El mundo no ha empezado a ser brutal con Trump; solo se ha vuelto un poco menos hipócrita. Europa se lleva ahora las manos a la cabeza al descubrir que el mundo real funciona con poder, no con retórica. Venezuela actúa hoy como espejo de nuestras ilusiones. Nos recuerda que la política internacional no es un seminario jurídico, sino un conflicto de intereses. Que la moral sin capacidad es literatura. Y que las reglas, cuando existen, suelen ser resultado —no causa— del equilibrio de fuerzas.

Las tres preguntas a Benito Arruñada se tomaron del artículo publicado en The Objective bajo el título “Venezuela y el mito de un mundo con reglas”. Para acceder al texto completo podés hacer click acá.

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Venezuela. Andrés Malamud siempre aporta una mirada aguda sobre los procesos políticos. En este artículo, postula que “para entender lo que hay detrás de esta operación no hay que buscar en Caracas sino en Washington. Sin reelección para Trump, el vicepresidente J.D. Vance y el secretario de estado Marco Rubio se disputan la candidatura del partido republicano”. Rubio busca popularidad volteando a Maduro y, luego, cambiando el régimen cubano. Vance, en cambio, se enfoca en el America First y toma distancia de las intervenciones externas. Al final, como siempre, los asuntos de política exterior son, antes que nada, problemas de política interna.

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Academia. No hay manera perfecta de comunicar. Todo depende del contexto. Este artículo de Deborah Tannen publicado en la Harvard Business Review recoge un estudio llevado a cabo por la autora en el que estudia los distintos niveles de eficacia de la comunicación dentro de las organizaciones, según se tengan en cuenta o no las variables demográficas (edad, género, etnia, nivel organizacional, etc.) de las audiencias. “Hablar es el elemento vital del trabajo gerencial, y comprender que diferentes personas tienen diferentes formas de decir lo que quieren decir hará posible aprovechar los talentos de personas con una amplia gama de estilos lingüísticos. A medida que el lugar de trabajo se vuelva culturalmente más diverso y los negocios se vuelvan más globales, los gerentes deberán mejorar aún más en la lectura de las interacciones y ser más flexibles para ajustar sus propios estilos a las personas con las que interactúan”, dice Tannen.

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Oportunidades laborales

Monks inició su búsqueda de Craft AI Director.

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