Volver a las bases
La información inabarcable sobre múltiples temas y el crecimiento exponencial del uso de la IA pueden dejar en los profesionales de las PR la sensación de que algo relevante se nos está escapando. Una oportunidad para volver a pensar en qué es lo que importa de verdad y poner la ansiedad bajo control.
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05-08-2026
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El paro de los ahora famosos “prácticos” en el puerto de Buenos Aires; el proyecto de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central; las negociaciones en el Congreso por la nueva Ley de Tierras; la detención del modélico Facundo Moyano; las elecciones (casi una guerra) en Brasil; los incendios voraces en España y Grecia; las tensiones migratorias en Europa después de la invasión de Ceuta y Melilla; la evolución de la guerra en el Golfo Pérsico y su impacto en el precio del petróleo. Así es una semana normal.
Se supone que a los profesionales de la comunicación y los asuntos públicos nada de eso nos es ajeno. Por eso la rutina de diarios, podcasts y redes, o lo que tenga el menú informativo de cada uno. Y, por eso mismo, el peligro de que tanto dato, tanta red intrincada de causas y efectos, y tanto entrecruzamiento entre política y economía, se vuelvan materia óptima para el small talk pero no genere los beneficios esperados para la profesión. Es que, a veces, el bosque puede tapar el árbol.
Por eso, en medio de tanto ruido, sirve volver a lo esencial. A las preguntas que ayudan a no perder el rumbo:
¿Cómo aporto más valor? No hay una respuesta única, porque cada organización necesita cosas distintas, pero lo que parece claro es que hoy vale menos que antes imaginar planes de comunicación, hacer mapeos de stakeholders, desarrollar un buen storytelling o cualquier otra cosa que puedan hacer dignamente Claude, Gemini o ChatGPT. Y vale más, en cambio, identificar nuevas oportunidades de negocios y pensar maneras creativas —y rentables— de colaborar con el sector público y el privado. Y ser capaces de convertirlas en acciones con resultados.
¿Qué necesito? Primero, lo obvio: entendimiento profundo del negocio, de cómo se gana la plata. Lo segundo, el contexto del mercado: costos, precios, competencia, tendencias de consumo. Lo tercero, las normas: cómo le afectan a la compañía las leyes, los decretos o las resoluciones. Después, lo relacionado con la reputación de la empresa y de todo su sector productivo. Y más tarde, una orientación de hacia dónde va el negocio en los próximos años. Sin todo eso, se reducen las chances de tener un lugar en la mesa chica.
¿Qué no me puede faltar? Antes que nada, no puede pasarme que —en casa de herrero, cuchillo de palo— no sepa explicar bien lo que hace la organización, cuáles son sus principales desafíos y qué soluciones fue encontrando para superarlos. No puede faltarme la interacción frecuente con los ocho o diez grupos de interés más importantes. Y no debería sucederme tampoco que no tenga métricas o criterios claros de éxito contra los que medir la gestión. Porque hay que ser y también parecer.
Si las tres preguntas tienen buenas respuestas, lo demás se acomoda. Por eso el mantra: foco en lo esencial, foco en lo esencial, foco en lo esencial. Y nada más.
Ilustración: gentileza GM+AI
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Tres preguntas a Graham Burnett. Es un historiador de la ciencia y escritor estadounidense. Es profesor en la Universidad de Princeton y editor de Cabinet, con sede en Brooklyn, Nueva York.
—¿Cómo está reaccionando el mundo universitario a la revolución de la IA?
—Cuando pregunté a una clase de treinta universitarios de Princeton —con alumnos de doce carreras— si alguien había utilizado la IA, no se levantó ni una mano. Lo mismo ocurrió con los de postgrado. Incluso después de animarlos con entusiasmo (“¡Yo sí uso estas herramientas! ¡Son increíbles! ¡Hablemos de esto!”), no llegué a ningún lado. No es que fueran insinceros, es que estaban paralizados. Como me explicó fuera del aula una joven más bien tímida, la mayoría de las guías docentes incluyen ahora una advertencia: si usás ChatGPT o herramientas similares, se dará parte al decanato. Nadie quiere arriesgarse. Se están produciendo transformaciones asombrosas en el campo tecnológico y, sin embargo, vivimos un extraño interludio en el campus: todo el mundo parece empeñado en fingir que la revolución más significativa en el orden intelectual del último siglo no está ocurriendo. Esto es una locura insostenible.
—¿Cómo estamos pasando del libro tradicional al personalizado que podemos crear en segundos para nosotros?
—Soy un ser humano que lee y escribe libros, formado durante más de treinta años en un fervor casi monacal por la erudición canónica a través de las disciplinas de la historia, la filosofía, el arte y la literatura, pero los miles de títulos que abarrotan mis despachos empiezan a parecer reliquias. ¿Por qué acudir a ellos para resolver un interrogante? Son tan extrañamente ineficaces, tan caprichosos en los caminos que trazan a través del papel. Hoy puedo mantener una conversación larga y adaptada sobre cualquiera de los temas que me importan, desde la agnotología hasta la zoosemiótica, con un sistema que ha alcanzado una competencia de nivel doctoral en cada una de ellas. Puedo fabricar el “libro” que quiera en tiempo real, orientado hacia mis dudas, personalizado según mi enfoque, sintonizado con el espíritu de mi indagación. La elaboración de tomos como los de mis estantes, cada uno fruto del esfuerzo de años o décadas, se está convirtiendo en un asunto de prompts bien diseñados. Ya no se trata de si podemos redactar esos libros; pueden escribirse sin fin para nosotros. La cuestión es: ¿Queremos leerlos?
—Por primera vez estamos conviviendo con otra especie inteligente...
—Así es. En mi asignatura, les pedí a los alumnos que dialogarán con una IA sobre la historia de la atención, para que después editaran el texto y me lo entregaran. La idea era explorar cómo se desenvolvían estos sistemas. Era también una oportunidad para enfrentarse a la “aplicación asesina” de la economía de la atención: pseudopersonas algorítmicas que son sensibles, están capacitadas y son pacientes; lo saben todo sobre todos; y que, por supuesto, intentarán sacarnos el dinero. Estos sistemas prometen un nuevo modo de captura del interés, lo que algunos llaman la “economía de la intimidad” (la expresión fracking humano es más fidedigna). Leer esas redacciones resultó la circunstancia más intensa de mi carrera docente. Sentí que presenciaba el nacimiento de una criatura insólita y cómo una generación se enfrentaba a ella: un encuentro con algo que era en parte hermano, en parte rival, en parte dios-niño descuidado, en parte sombra morfomecánica. Un familiar alienígena.
Las tres preguntas a Graham Burnett se tomaron del ensayo “Will the Humanities Survive Artificial Intelligence?”, publicado originalmente en la revista The New Yorker. Para acceder a su versión original podés hacer click acá.
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Grassroots. Literalmente, las raíces del pasto o la hierba. En sentido figurado, el nivel más básico de una organización. Cuando se busca hacer un cambio profundo, se comienza desde la base. En términos más simples, la base es el lugar donde las cosas comienzan y crecen. Este artículo de Susanne Reicee explica el ABC de las campañas con las organizaciones de base: marco conceptual, historia, ejemplos, y cómo se impulsan iniciativas grassroots. Cambios culturales, modificaciones de creencias profundas, estrategias de cohesión de colectivos que sufren ataques externos… múltiples escenarios en los que aplica este concepto.
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Academia. Manuel Castells muestra en este artículo que los medios se han convertido en el espacio social donde se decide el poder. Hay una relación directa entre los medios y la crisis de legitimidad política global. Eso coexiste con el desarrollo de redes de comunicación horizontales interactivas que generan autocomunicación masiva, a través de dispositivos móviles. Se trata de una nueva esfera pública en la que operan las empresas y todas las organizaciones.
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Oportunidades laborales
Edelman inició su búsqueda de Regional Digital VP - Latam.
Red Bull mantiene abierta su búsqueda de Media Network Manager.
¡Hasta el próximo miércoles!
Juan.
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