La mente del político
Hace una semana, hacíamos un vuelo rasante sobre lo que de verdad importa a los políticos, los periodistas y la gente común. En textos sucesivos iremos haciendo double click en cada uno de esos grupos. Hoy les toca a los primeros.
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18-03-2026
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“Maquiavelo ha muerto”, sentenció Milei hace pocas semanas. Nadie podrá negar su habilidad para lograr buenos títulos, aunque también hay que decir que a veces se pasa dos pueblos con las figuras retóricas. Lo que representa el gran florentino, difícilmente muera: todas las sociedades necesitan que algunos de sus miembros abandonen la comodidad y el anonimato de los ciudadanos comunes, se aboquen a hacerse con el poder y, una vez conseguido, vivan una vida estresante, tomando decisiones difíciles, bajo el escrutinio de la prensa y el resto de sus congéneres. Algunos, pocos, movidos por el altruismo. Otros, quizá los más, pensando más bien en su propio beneficio. Pero eso es otro tema.
Ya está dicho. Las pulsiones que mueven al político son simples: la ambición por conquistar y acrecentar el poder, y el miedo a perderlo. Quien entiende esto, descifrará la clave para tratarlos. Cualquier propuesta, proyecto, pedido o reclamo tiene posibilidades de capturar la atención de un político si es percibido como una oportunidad de aumentar su poder o si, al contrario, es visto como una amenaza de perderlo. En otras palabras, sólo tiene sentido proponer a un político iniciativas que respondan de manera satisfactoria a la pregunta: “¿qué hay para mí en términos de rédito político?” Si la propuesta pasa esa prueba, va bien encaminada. Si no, lo más probable es que haya caído en tierra estéril.
Bajo ese prisma, acá algunas sugerencias sobre cómo enfocar el relacionamiento con quienes ejercen el noble arte de mandar:
La cartografía de las lealtades e intereses: Antes de cruzar la puerta de cualquier despacho, es clave mapear la red de lealtades que sostiene a un funcionario. Ningún decisor es un átomo aislado: se debe a un jefe político, a un electorado específico o a un grupo de sponsors que hicieron posible su carrera. Estudiar sus intereses, desde sus ambiciones de largo plazo hasta los favores que debe devolver, permite entender por qué apoyaría un proyecto o por qué se sentiría amenazado por otro. Las decisiones rara vez se toman por la calidad técnica de una propuesta: se toman porque la red de aliados y detractores así lo permite o lo exige.
El argumento de la “zona de confort” social: La gestión directa de intereses tiene más chances de fracasar cuando se presenta como un reclamo sectorial o un beneficio para pocos. Parte de la habilidad del lobista radica en desarrollar un argumento de defensa del interés propio que al político le resulte políticamente viable patrocinar: es el arte de relacionar la necesidad de un sector con un beneficio social amplio o una mejora en la percepción pública del funcionario. Si un político puede defender tu posición frente a un micrófono sin sentir que está arriesgando su capital simbólico, las probabilidades de éxito crecen.
El arte de la diferenciación y la relevancia: En un mar de peticiones y reclamos, la diferenciación es el antídoto contra la irrelevancia. No basta con tener la razón: hay que mostrar por qué lo que planteamos es único, urgente y superior a otras alternativas. El factor de diferenciación debe ser capaz de sacudir la inercia del funcionario, presentándole una oportunidad de aumento de su capital simbólico que otros no le ofrecen. Quien logra que su tema sea percibido como un hito distintivo en la gestión del político, deja de ser un peticionante más para convertirse en un aliado estratégico.
El clima de opinión como catalizador: Evaluar la conveniencia de generar un clima de opinión pública es una decisión táctica de alta precisión. A veces, el silencio y la discreción son los mejores aliados; otras, es necesario que el tema tome estado público para que el funcionario sienta la necesidad de actuar. La gestión indirecta a través de medios, redes sociales e influencers puede preparar el terreno, creando una predisposición favorable o una incomodidad tal que la acción esperada se vuelva inevitable. El lobista experimentado sabe cuándo pulsar estas cuerdas para que el eco de la sociedad civil valide la decisión que el político está a punto de tomar.
La mirada técnica como respaldo: Aunque la política sea el motor principal, la dimensión jurídica y técnica de cualquier propuesta no puede ser descuidada. La norma es la expresión formal de una realidad política, pero esa forma debe ser impecable para evitar impugnaciones o debilidades que el adversario pueda explotar. Contar con datos sólidos, informes de expertos y una redacción técnica robusta funciona como un “paracaídas de calidad” para el funcionario. Al final, el derecho actúa aquí como una ciencia auxiliar que le da legitimidad y sostenibilidad a la voluntad política ya alineada.
Los políticos —aun con su mala fama— son necesarios para organizar nuestras sociedades. Lo mismo que los lobistas, que hacen posible que el derecho a peticionar a la autoridad se convierta en una realidad efectiva. Sin unos y otros, volveríamos a la selva, a la estepa, al desierto. O a alguna forma de autocracia. Estamos mejor acá.
Ilustración: gentileza GM+AI
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Tres preguntas a Cayetana Álvarez de Toledo. Es una periodista, historiadora y política hispano-franco-argentina. Es militante del Partido Popular y diputada en el Congreso español. Autora de dos libros, fue redactora en el diario El Mundo y comentarista de la cadena COPE.
—¿Cómo son y cómo deberían ser los políticos, según tu mirada?
—Hay pocos oficios más devaluados y denostados que la política y sin embargo no hay ninguno más importante. Los políticos son —somos— la primera élite de la sociedad porque nadie tiene más responsabilidad que nosotros. Nuestras decisiones afectan a todos los ámbitos de las vidas de los ciudadanos: desde lo más nimio, como el trazado de una carretera, hasta lo más drástico, como la vida o la muerte —la respuesta a una pandemia, la guerra—. De ahí la crucial importancia de que a la política se dediquen los más inteligentes, los más competentes, los más honestos, los mejores. Claro que esto no ocurre en casi ningún país del mundo. La política contemporánea se ha convertido en un plató de televisión en el que proliferan los pendencieros, los payasos y los peleles. No hace falta citar nombres. ¿Cuántos presidentes o ministros de los que hoy están en activo pasarían el corte para trabajar en una empresa cualquiera? Lo mismo pasa en los parlamentos: la institución que encarna la democracia está reducida a una mezcla de patio de colegio, circo de tres pistas y reality show. La política, convertida en un espectáculo frívolo y degradante… Esto no puede ser la política. De hecho, no lo es.
—El populismo se está volviendo cada vez más frecuente…
—El populismo no es una forma de hacer política: es la anti-política. Es su némesis y principal rival porque se disfraza de política para destruirla desde su interior. Es el “burro de Troya” de la democracia porque aúna ignorancia y mala intención. En realidad, la anti-política, que está tan de moda, está al alcance de cualquiera. Basta plantarse en la plaza pública con un micrófono y enardecer a las masas, tocar una fibra sentimental, cabalgar la indignación, pulsar las pasiones más bajas, denunciar el infierno en la tierra, prometer el asalto a los cielos, insultar a la casta, rifar tu sueldo (incluso yo podría hacerlo)… La anti-política es el atajo de los mediocres: para movilizar con la razó, en cambio, hay que valer. Qué infrecuente, pero qué maravilla, cuando de pronto surge un político capaz de hilvanar razones y argumentos de forma adulta, seria, con pocas palabras, sin gritos ni trampas retóricas ni concesiones a la demagogia. Un discurso poderoso en forma y fondo, en el que brillan la belleza y la verdad. En ese instante mágico el debate se eleva, el Parlamento queda envuelto en un silencio respetuoso y reverencial. La política recupera su sentido y su dignidad y, con ellos, el aprecio de los ciudadanos.
—¿Cuál es la alternativa a los populismos?
—Todos los populistas, de izquierdas y derechas, coinciden en una cosa: creen que los ciudadanos son idiotas. Yo no. Yo creo que los votantes distinguen a los políticos que buscan vulgarmente sus aplausos de aquellos que procuran ganarse su respeto. Creo que los ciudadanos agradecen que los traten como adultos. Además, no hay alternativa, y esto lo digo de manera literal. La prueba está en lo que ha pasado en América Latina: elección tras elección hemos obligado a nuestros compatriotas a elegir el mal menor, a votar con la nariz tapada, a elegir entre una izquierda necrófila —amante de ideas muertas y mil veces fracasadas— y la peor versión de una presunta alternativa de derechas. Podría citar muchos ejemplos. La anti-política de derechas no es la alternativa a la izquierda. Es la garantía de que la izquierda siga en el poder. La alternativa somos nosotros. Ojo: una mejor versión de nosotros, los que entienden que las ideas sí importan. Hay que saber que todos los vacíos se llenan. Cuando uno se pone de perfil, otros se encaran: cuando, por miedo o por cálculo, la política da la espalda a la realidad, mutando en corrección política, la realidad se cobra su venganza trayendo la anti-política.
Las tres preguntas a Cayetana Álvarez de Toledo se tomaron de la presentación que dio en Buenos Aires en marzo de 2023 en la Cena Anual de la Fundación Libertad. Para acceder a su discurso completo podés hacer click acá.
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Lobby. La mala fama del lobby trasciende las fronteras. Injusto, porque gestionar intereses frente a la autoridad, en nombre propio o de terceros, en un derecho de cualquier ciudadano. Dejando aparte esta discusión, este artículo destaca que existe una nueva generación de lobistas que promueven políticas públicas beneficiosas para buena parte de la sociedad y el ambiente. Los ejemplos de las asociaciones que promueven la energía solar, limpia y renovable, o las que impulsan marcos regulatorios favorables para la “good food” sirven como ejemplo para dejar de demonizar una profesión tan noble como cualquiera.
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Academia. Hay evidencia abrumadora sobre el rol que cumple, o puede cumplir, el sector privado en el mejoramiento de la calidad democrática de un país. La transparencia institucional genera condiciones favorables para el desarrollo económico que, a la larga, impactan positivamente en las empresas. Sin embargo, a veces el sector privado actúa en sentido contrario por buscar preservar un status quo que le resulta favorable aunque perjudique al país en su conjunto. Este artículo publicado por The International Institute for Democracy and Electoral Assistance (International IDEA), ya referido antes, muestra el rol que pueden cumplir, de manera combinada, el sector privado de un determinado país y las instituciones financieras internacionales como el FMI, IFC, BID o CAF. Una manera más de promover la transparencia.
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Oportunidades laborales
Salesforce abrió la búsqueda para la posición de Director, Business Strategy.
Monks mantiene abierta su búsqueda de Craft AI Director.
¡Hasta el próximo miércoles!
Juan.
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